viernes, 1 de mayo de 2020

Cuarentena día maquiavélico XXX

Tratando de despertarme en el sofá mientras me desperezaba cual anciana serpiente, mi hijo Max, de tres años, estaba a mi lado leyendo un libro. El sol empezaba a asomarse por el techo del edificio que da a hacia la derecha de nuestro balcón. La luz empezó a iluminarnos de frente. El polvo se volvió una densa lluvia anti-grávida. Max, completamente alucinado, se paró encima del sofá al grito musical de "¡polvo, polvo!" y con las manos interactuó transformando la nube en oleadas de bichitos. Yo, inmutable, mirando el móvil, reojeando la simpática escena. Vi en mi la inexpresiva intención que me ataba a la indiferencia de algo ya vivido miles de veces. El acostumbramiento a lo que nos rodea hace que el tiempo nos pase más deprisa. Los niños viven cada instante como un descubrimiento que deben asimilar, eso hace que cada instante sea maravilloso y duradero. La falta de asombro es la verdadera vejez. Recordé mi época de estudiante de arquitectura en Buenos Aires. Mi devoción hacia varios arquitectos entre los que se encontraba Antoni Gaudí. Cuando visité Barcelona por primera vez tenía la necesidad de visitar durante más de un día sus edificios, incluso darme una pasada rápida por la Sagrada Familia los días previos a marcharme como para hacer fuerza con mis retinas para evitar que el olvido del paso de los días venideros perpetuaran la borrosidad de aquella foto única que es la del directo. Ahora vivo en Barcelona y paso por delante de los edificios con una admiración quizás disminuida, aunque no devastada. Pero aún así de momento olvido que están allí y simplemente ni los observo. La cotidianidad, la normalización de la admiración hace que las peculiaridades se pasen por alto con facilidad. Hace que los días se parezca cada vez más al siguiente y de que el tiempo pase más rápido.
Me causa estupor la frase que se acuña en estos días para explicitar la superación gruesa de la emergencia sanitaria del COVID 19: "La Nueva Normalidad". Una paradoja en sí misma. Si bien podemos remitir a la idea de norma, está claro que a lo que nos referimos con normalidad es aquello que figura como norma pero que hace raíz en la sociedad a través de conductas repetitivas que automatizan su significado. La Nueva Normalidad implica un acostumbramiento al que nos deberemos someter de forma incierta. Está claro que a la normalidad como la conocemos no volveremos, y llamamos nueva normalidad para no sentirnos tan desnudos ante algo que no será lo mismo. Igualar lo diferente utilizando símbolos parecidos. Lo que deberíamos plantearnos es si queremos la nueva normalidad como aquella normalidad que conocíamos un poco maquillada o una anormalidad en donde reconstruir otra normalidad a largo plazo. Creo que a lo que el estado tiende es a decirnos: Bueno, evidentemente algo tendremos que cambiar, pero no se preocupen que haremos o posible para parecernos a aquella normalidad que ha muerto, pero no del todo. Una normalidad en la UCI, conectada al respirador en un estado cuasi vegetativo. ¿Qué hacemos? ¿Desconectamos o continuamos sumidos en esta enfermedad como si nada, tratando de disimular que el cuerpo inerte que yace en la cama sigue vivo?
 Aprendiendo sobre la "nueva normalidad" con mi hijo

Cuarentena día quintichento IV

Cuarentena día quintichento IV

Bueno, al menos se acabaron las guerras y los inmigrantes ya no son tantos. Los terroristas no tienen dónde perpetrar sus actos en calles vacías. Ni hablar de esos pormenores de la salud como la malaria, el évola, dengue, chagas, fiebre amarillas, tuberculosis, HIV, cólera, sarampión, gripes, que en realidad nunca existieron. El colapso ecológico ya no es el principal de los problemas de nuestra subsistencia. La amenaza ultraderecha y ultraizquierda. La pobreza. Los confinados sociales de por vida. La soledad preexistente. El consumo innecesario. Los olvidados ahora son sólo un triste recuerdo.
O será sólo que ya no nos damos cuenta. O nunca nos dimos cuenta. Porque la felicidad es un olvido concertado. No nos damos cuenta de todo aquello que nos entorpece nuestro andar, ciego y tosco. Borracho y dulce, circunscripto en los la naturalidad de la norma.
De lo que si nos dimos cuenta es de los pisos-ratoneras en los que vivimos, de lo alejado que estamos del mudo en nuestras cajoneras de cemento, de los amigos, la familia, los abrazos. Aprendimos a percibir lo frío y deshumano que es vernos con las personas a través de pantallas y a la vez percibimos un inusual acercamiento a través de las mismas con las personas que por algún motivo no rondaban nuestro ámbito cotidiano y teníamos guardadas en el arcón de los viejos recuerdos. Paradojas del destino. Cómo darse cuenta que hay personas con las mismas preocupaciones que nosotros vendiéndonos una patata o un vaporizador nasal. Revalorizamos frases vacuas como el "cómo estás", expresiones automatizadas que servían solo para encajar en un léxico de pertenencia social. Aprendimos a de-construir la rutina para transformarla en otra rutina donde reposa la incertidumbre. Nos damos cuenta de lo puro que puede oler el aire, del canto de los pájaros. Del chillido de nuestros oídos que no toleran el silencio. Faltaría que sólo recuperemos la luz de las estrellas. Quizás no falte tanto para eso. De lo poco humano que es nuestro hábitad, que hace rato vivimos encerrados. Ahora asimilamos el encierro como una posible nueva forma de trabajo. De que aquellos que nos quisieron vender shapoos, envíos a domicilios, cremas de piel, líneas de tele-cominicación, chocolatadas, bebidas energizantes, quieren seguir vendiéndonos sus productos mostrándonos lo buenas personas que son, compasivas, comprometidas, positivas, meditativas, agradecidas, misericordiosas y con un gran criterio de justicia social, entonces así incentivar nuestra visión de futuro sonriente y seguir comprándoles para evitar el colapso económico que se avecina, y entonces, ser buenas personas también.
Dedicado a los que ya viven en un apocalipsis crónico y ven esto como una simple anécdota. 



martes, 14 de abril de 2020

El virus de la cultura

Ayer escuché a Ricardo Darín reproducir algo que había escuchado. Remarcaba la paradójica visión de que por primera vez la economía mundial está en jaque porque compramos sólo lo que necesitamos. Podríamos decir que una situación de crisis nos remite a lo esencial. Cuando todo lo superfluo, anecdótico, lo añadido deja de pertenecer a la esfera de lo humano, sobrevive la esencia, que es lo que nos construye como seres. "La esencia es aquello invariable y permanente que constituye la naturaleza de las cosas" (parte de la definición oficializada). La tarea que tenemos es identificar lo que nos constituye como base. Allí surge un conflicto perceptivo que suele ser más bien un conflicto de intereses. ¿Cuál es la esencia que nos constituye como tales?
Para algunos parece ser que lo esencial se caratula como lo imprescindible. Así es como podríamos resumir la "buena" existencia con el hecho primario de la simple supervivencia biológica. Tales asuntos se circunscribirían a hechos cuasi motrices como comer, cagar, asearse, trabajar para conseguir estos últimos, educarse para conseguir realizar estos últimos, y todo lo que sea necesario para estos últimos. Punto. La realización pasa a ser un mero hecho de supervivencia y ya no de existencia. Porque para mi la existencia es el resumen de todo lo que nos constituye como seres, y el ser es todo aquello que nos construye como individuo y como colectivo.
Entonces pareciera ser que las asignaturas artísticas en las escuelas son menos importante que poseer un móvil. Me confunde, pero parece ser una premisa muy considerada. La cultura, una vez más, se pone a un lado para algunos que predican el utilitarismo, el materialismo, el consumismo, como la esencia de la vida. Aquello que nos permitirá vivir. Un discurso que encaja perfecto en muchos sectores, sobre todo aquellos que abanderan la "econoproductividad". A su vez estos sectores se encuentran como el resto de los sectores, confinados en cuatro paredes, aludiendo a artilugios que permitan llevar el encierro con mayor soltura y despreocupación como pueden ser la lectura, el cine, la música, el arte, las manualidades, y todo esto junto en los casos de tener niño/as a su cargo. Todo aquello que es tan menospreciado, desechado del conjunto de necesidades esenciales. Aquellas asignaturas de la educación bastardeadas hasta arrastrar a sus márgenes. La cultura como lo sobrante, lo que viene de cola.
Me pregunto cuantos de estos seres pensantes estarán estos días rastrillando la "net" para poder armar un castillo de ilusiones, dar con unas notas musicales o empapar de morados y verdes las cerdas. Ahora parece ser algo esencial para que las paredes no se nos caigan encima.
En realidad creo que no es que este colectivo no le interese la cultura y el arte, o lo vean como algo secundario, sino que lo ven como algo privilegiado, algo que es sólo para quien se encuentra realizado en todos los campos de los derechos, los esenciales y los que no lo son tanto. Lo que quieren es marcar la diferencia, demostrarnos de qué están hechos.
Pero volviendo al la esencia del ser, me pregunto qué es lo que nos hace tan especiales de otros seres vivos. Pues eso, la cultura, el imaginario. Lo simbólico. Todo es símbolo. Sin símbolo no somos más que una tuerca. Y eso es lo que quieren aquellos que necesitan tuercas para poder mantener armada la estructura que los mantiene en la cima, desde donde se pueden escuchar la totalidad de los discos grabados, ver la inmensidad pictórica de la vida, alumbrar sus codicias con poesía autoreferencial.
No somos nadie sin cultura porque la cultura es lo que somos. Las personas mas desdichadas del mundo, quienes transcurren sus días tropezándose con la muerte y la miseria, tienen la involuntaria capacidad de un día poder toparse casi por accidente con un vals que interrumpa su pesar existencial y provoque en su alma, por inercia, un desliz, un zigzagueante corpóreo y mental exquisito que le permita por un instante barrer con toda la mierda que lo inunda y volver a su esencia. Eso también es salud.
Hasta la cultura siempre
 Obra del artista Pere Jaume

viernes, 20 de marzo de 2020

Confinamiento: día 8

Distancias que empatizan con nuestros cuerpos. Las mentes divagan entre significados existenciales y proceden ante las vicisitudes del tic tac del reloj. Acontecimientos que son más cercanos que otros. Guerras que ocurren sólo en los periódicos. Invenciones del Youtube paradojal. Empatía de aquellos que por vivir lo ajeno, viven en función del que vive similarmente. Solidaridad lo llaman. Curiosamente la solidaridad suele ser característica de los pueblos que más necesitan de solidarias personas. Una práctica que actúa viralmente, que se contagia con la cercanía. La cercanía de la distancia es la que vivimos. Nos ocurre a todos lo mismo pero la distancia es la mejor forma de acercarnos, de solidarizarnos. No queremos tocar la áspera brisa que transporta el bicho por los aires, que salta de persona a persona como un alegre saltimbanquis . Es entonces cuando emprendo la salida hacia el supermercado con la incertidumbre de qué tan espeso me rozará el aire. Salgo.
Pienso en los pasamanos de las escaleras. No los toco. El picaporte de la puerta de calle se burló de mí. Estoy en la calle. Silencio, pocos autos. Me recuerda a aquellos domingos donde agradecí la escasez de automóviles, aquello días donde el humo no tapa el olor de los naranjos que crecen en la esquina. Pero, raramente, ahora parece ser que ese aire puro me desconcierta. ¿Será que vivimos tan alejado a la naturaleza que cuando se nos acerca de formas extrañas a nuestro entendimiento nos coge el pánico? Los animales bajan de la montaña y deambulan la ciudad a causa del silencio y el desaparecer humano y temo por mi bienestar. Prosigo con mis pasos hacia el super, uno a uno aplasto el virus con la suela. Todo está contaminado, navego en un mar de Gremlins redondos y simpáticos. La gente pasa a mi lado cuando una barrera invisible los separa para evadir el aura que me persigue, invariable. Intento caminar más despacio, pienso que si logro rebajar mi ritmo cardíaco, mi respiración, será más difícil que pueda aspirar la peste. Me adscribo a una potencial apnea que me hace arrastrar los pasos y mis movimientos se vuelven estúpidos. Me siento extraño en una tierra extraña. Cada intento de contacto me hace recorrer una lombriz por la piel de mis vértebras. A su vez siento la hermandad del entendimiento. Se de qué va. Los productos que cojo con recelo, el arroz, los tomates, se ríen de mí. A ellos nada les importan, no poseen la capacidad empática que nos caracteriza como humanos. Esa misma empatía del bicho que se hace amigo de nuestras células y les dice: "¡Todo bien!, tu haz esto así que no pasa nada". Y la célula incrédula como el humano piensa "esto nunca me va a pasar a mi" y entonces hace caso, actúa y da rienda libre al afán del bicho de fornicarse a sí mismo como conejo y usar nuestros cuerpos como una enorme zanahoria. Es así que llego a la caja, pago con tarjeta porque es lo recomendable pero a la hora de apretar los botones para ingresar la clave de seguridad mi poder telepático falla, será por razones del nerviosismo de la situación. Uso los dedos. Desde este instante mis manos pesan nueve quilos cada una. Al menos así me aseguro de que no pueda levantarlas con facilidad y sigan allí a un metro de distancia respecto a mi rostro. Vuelvo rápido por la calle a mi casa. Aquella sensación que tuve hace un rato de poder respirar un poco de aire fuera de casa se pasa rápido y ya no se diferenciar las ganas de salir con las de estar dentro. Entro a casa. Tiro la compra al suelo. Me saco todo, meto la mochila en la bañera, me lavo las manos con una dinámica frenética que me despega del suelo. Respiro mejor. Toco la cara de mi familia. Descubro que son como yo, respiran el mismo aire, el que respiramos todos. El bicho parece saberlo, por eso es que tiene la capacidad de surfear cualquier fluido mientras sea de un elemento que respire. Respirar es lo que nos hace iguales. Seres respirables, que olemos el mismo sudor de nervios. Por fin somos iguales, eso me tranquiliza un poco aún sabiendo que a pesar de lo notorio de tal igualdad seguirán habiendo creencias existenciales de que tal cosa no es así, de la meritocracia inútil. Por fin podemos darnos la oportunidad de ver lo común como la diferencia sustancial del ser humano.

miércoles, 15 de enero de 2020

PUTO EL QUE LEE


Ser “el puto amo” ¿Por qué es puto el amo? acaso es porque ser dueño de voluntades es de putos? Puto suele ser un calificativo despectivo aunque en este caso sería algo positivo. O al menos quien lo implementa quiere denotar una positividad, aunque suene un tanto clasista. "Soy el puto amo". Lo hice bien, me he destacado en algo. Pero el puto también se utiliza para decir que alguien es cobarde, traidor, deshonesto, falto de sinceridad, homosexual en un sentido discriminante, etc. Estoy confundido. Pero debería ser comprensivo siendo argentino. Me pongo en la piel de los españoles desconcertados por la flexibilidad desinhibida de nuestro vocabulario. Nuestra palabra identitaria “boludo” se puede utilizar como el más audaz insulto tanto como la mayor muestra de cariño amistoso. Da igual, lo que importa es la tonalidad con la que se dispara, algo así como en el idioma chino, depende de cómo cantes el boludo cambia su significado.
Dependiendo de dónde pongamos la palabra "puto" dentro de la oración podremos hablar de algo halagador o insultante. Pero una cosa es ser puto y otra muy distinta es ser puta. ¿Qué culpa tiente la hostia de ser puta? Siempre me pregunté si la hostia es puta o si el dicho es "hostia", coma, "puta", como maximizando la denotación de asombro de la palabra "hostia", mencionando una nueva palabra, puta, perdiendo así el sentido adjetivable original. Lo cierto es que la puta siempre es puta, mujer, prostituta, piernas flojas, barata, etc. Puto puede ser varias cosas, puta una sola. Estoy cansado de escuchar "hijo de puta" como el más calumniante de los insultos, "te rompo el culo" como signo de haber sacado ventaja por sobre otro, "me cogieron" (que sería como un "me follaron") para decir que "me cagaron". Personas que adoptaron el lenguaje inclusivo, que cambiaron la "a" y la "o" por la "e" pero que siguen utilizando estas expresiones tan asquerosamente machistas. Es difícil desembarazarse de un idioma que te forja de pequeño. Es el motivo por el que yo no puedo hablar con las "e" al final de las palabras, de pervertir el género. Para mí lo más importante es desarraigar las expresiones que remiten al machismo, al binarismo, que poner "e" a las palabras. Eliminar ciertas puteadas. Otra vez el patriarcado presente: "puteada" es la forma de decir "palabrota", como si la palabra virgen de personalidad se personificara en un ser despreciablemente femenino.
Estas cosas deberían estar en el temario de las clases de idioma en las escuelas de una puta vez.

jueves, 12 de octubre de 2017

Catalunya un 12 de de octubre cualquiera.



Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado, una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas. Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso, otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual, o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto, emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista, volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro “si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la “gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra, a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la cuente.