Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te
gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado,
una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien
qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la
imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy
bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de
acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más
que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se
fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un
sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de
diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de
un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma
de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que
los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos
estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra
escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis
alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas.
Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso,
otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar
estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos
alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y
en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a
saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al
llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los
compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños
pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar
charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual,
o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y
adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños
no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben
jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados
en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún
estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una
pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos
sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen
otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión
política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que
pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios
en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto,
emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos
llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La
historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que
empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la
historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos
acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista,
volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un
aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su
acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por
una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió
preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro
“si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería
más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio
más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió
a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo
que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no
respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres
catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era
una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso
significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la
“gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos
sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no
tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué
preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café
y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar
la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la
oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de
acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder
cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como
ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un
catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en
Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo
recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo
cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán
por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede
responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado
fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del
sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que
define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto
implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor
que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra,
a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por
eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me
cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me
definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo
abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser
humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo
dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que
puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso
y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme
bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy
yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de
uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un
actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una
construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero
decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que
pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi
ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven
el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que
España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que
cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales
terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No
puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de
esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa
lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos
todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la
cuente.