martes, 14 de abril de 2020

El virus de la cultura

Ayer escuché a Ricardo Darín reproducir algo que había escuchado. Remarcaba la paradójica visión de que por primera vez la economía mundial está en jaque porque compramos sólo lo que necesitamos. Podríamos decir que una situación de crisis nos remite a lo esencial. Cuando todo lo superfluo, anecdótico, lo añadido deja de pertenecer a la esfera de lo humano, sobrevive la esencia, que es lo que nos construye como seres. "La esencia es aquello invariable y permanente que constituye la naturaleza de las cosas" (parte de la definición oficializada). La tarea que tenemos es identificar lo que nos constituye como base. Allí surge un conflicto perceptivo que suele ser más bien un conflicto de intereses. ¿Cuál es la esencia que nos constituye como tales?
Para algunos parece ser que lo esencial se caratula como lo imprescindible. Así es como podríamos resumir la "buena" existencia con el hecho primario de la simple supervivencia biológica. Tales asuntos se circunscribirían a hechos cuasi motrices como comer, cagar, asearse, trabajar para conseguir estos últimos, educarse para conseguir realizar estos últimos, y todo lo que sea necesario para estos últimos. Punto. La realización pasa a ser un mero hecho de supervivencia y ya no de existencia. Porque para mi la existencia es el resumen de todo lo que nos constituye como seres, y el ser es todo aquello que nos construye como individuo y como colectivo.
Entonces pareciera ser que las asignaturas artísticas en las escuelas son menos importante que poseer un móvil. Me confunde, pero parece ser una premisa muy considerada. La cultura, una vez más, se pone a un lado para algunos que predican el utilitarismo, el materialismo, el consumismo, como la esencia de la vida. Aquello que nos permitirá vivir. Un discurso que encaja perfecto en muchos sectores, sobre todo aquellos que abanderan la "econoproductividad". A su vez estos sectores se encuentran como el resto de los sectores, confinados en cuatro paredes, aludiendo a artilugios que permitan llevar el encierro con mayor soltura y despreocupación como pueden ser la lectura, el cine, la música, el arte, las manualidades, y todo esto junto en los casos de tener niño/as a su cargo. Todo aquello que es tan menospreciado, desechado del conjunto de necesidades esenciales. Aquellas asignaturas de la educación bastardeadas hasta arrastrar a sus márgenes. La cultura como lo sobrante, lo que viene de cola.
Me pregunto cuantos de estos seres pensantes estarán estos días rastrillando la "net" para poder armar un castillo de ilusiones, dar con unas notas musicales o empapar de morados y verdes las cerdas. Ahora parece ser algo esencial para que las paredes no se nos caigan encima.
En realidad creo que no es que este colectivo no le interese la cultura y el arte, o lo vean como algo secundario, sino que lo ven como algo privilegiado, algo que es sólo para quien se encuentra realizado en todos los campos de los derechos, los esenciales y los que no lo son tanto. Lo que quieren es marcar la diferencia, demostrarnos de qué están hechos.
Pero volviendo al la esencia del ser, me pregunto qué es lo que nos hace tan especiales de otros seres vivos. Pues eso, la cultura, el imaginario. Lo simbólico. Todo es símbolo. Sin símbolo no somos más que una tuerca. Y eso es lo que quieren aquellos que necesitan tuercas para poder mantener armada la estructura que los mantiene en la cima, desde donde se pueden escuchar la totalidad de los discos grabados, ver la inmensidad pictórica de la vida, alumbrar sus codicias con poesía autoreferencial.
No somos nadie sin cultura porque la cultura es lo que somos. Las personas mas desdichadas del mundo, quienes transcurren sus días tropezándose con la muerte y la miseria, tienen la involuntaria capacidad de un día poder toparse casi por accidente con un vals que interrumpa su pesar existencial y provoque en su alma, por inercia, un desliz, un zigzagueante corpóreo y mental exquisito que le permita por un instante barrer con toda la mierda que lo inunda y volver a su esencia. Eso también es salud.
Hasta la cultura siempre
 Obra del artista Pere Jaume

viernes, 20 de marzo de 2020

Confinamiento: día 8

Distancias que empatizan con nuestros cuerpos. Las mentes divagan entre significados existenciales y proceden ante las vicisitudes del tic tac del reloj. Acontecimientos que son más cercanos que otros. Guerras que ocurren sólo en los periódicos. Invenciones del Youtube paradojal. Empatía de aquellos que por vivir lo ajeno, viven en función del que vive similarmente. Solidaridad lo llaman. Curiosamente la solidaridad suele ser característica de los pueblos que más necesitan de solidarias personas. Una práctica que actúa viralmente, que se contagia con la cercanía. La cercanía de la distancia es la que vivimos. Nos ocurre a todos lo mismo pero la distancia es la mejor forma de acercarnos, de solidarizarnos. No queremos tocar la áspera brisa que transporta el bicho por los aires, que salta de persona a persona como un alegre saltimbanquis . Es entonces cuando emprendo la salida hacia el supermercado con la incertidumbre de qué tan espeso me rozará el aire. Salgo.
Pienso en los pasamanos de las escaleras. No los toco. El picaporte de la puerta de calle se burló de mí. Estoy en la calle. Silencio, pocos autos. Me recuerda a aquellos domingos donde agradecí la escasez de automóviles, aquello días donde el humo no tapa el olor de los naranjos que crecen en la esquina. Pero, raramente, ahora parece ser que ese aire puro me desconcierta. ¿Será que vivimos tan alejado a la naturaleza que cuando se nos acerca de formas extrañas a nuestro entendimiento nos coge el pánico? Los animales bajan de la montaña y deambulan la ciudad a causa del silencio y el desaparecer humano y temo por mi bienestar. Prosigo con mis pasos hacia el super, uno a uno aplasto el virus con la suela. Todo está contaminado, navego en un mar de Gremlins redondos y simpáticos. La gente pasa a mi lado cuando una barrera invisible los separa para evadir el aura que me persigue, invariable. Intento caminar más despacio, pienso que si logro rebajar mi ritmo cardíaco, mi respiración, será más difícil que pueda aspirar la peste. Me adscribo a una potencial apnea que me hace arrastrar los pasos y mis movimientos se vuelven estúpidos. Me siento extraño en una tierra extraña. Cada intento de contacto me hace recorrer una lombriz por la piel de mis vértebras. A su vez siento la hermandad del entendimiento. Se de qué va. Los productos que cojo con recelo, el arroz, los tomates, se ríen de mí. A ellos nada les importan, no poseen la capacidad empática que nos caracteriza como humanos. Esa misma empatía del bicho que se hace amigo de nuestras células y les dice: "¡Todo bien!, tu haz esto así que no pasa nada". Y la célula incrédula como el humano piensa "esto nunca me va a pasar a mi" y entonces hace caso, actúa y da rienda libre al afán del bicho de fornicarse a sí mismo como conejo y usar nuestros cuerpos como una enorme zanahoria. Es así que llego a la caja, pago con tarjeta porque es lo recomendable pero a la hora de apretar los botones para ingresar la clave de seguridad mi poder telepático falla, será por razones del nerviosismo de la situación. Uso los dedos. Desde este instante mis manos pesan nueve quilos cada una. Al menos así me aseguro de que no pueda levantarlas con facilidad y sigan allí a un metro de distancia respecto a mi rostro. Vuelvo rápido por la calle a mi casa. Aquella sensación que tuve hace un rato de poder respirar un poco de aire fuera de casa se pasa rápido y ya no se diferenciar las ganas de salir con las de estar dentro. Entro a casa. Tiro la compra al suelo. Me saco todo, meto la mochila en la bañera, me lavo las manos con una dinámica frenética que me despega del suelo. Respiro mejor. Toco la cara de mi familia. Descubro que son como yo, respiran el mismo aire, el que respiramos todos. El bicho parece saberlo, por eso es que tiene la capacidad de surfear cualquier fluido mientras sea de un elemento que respire. Respirar es lo que nos hace iguales. Seres respirables, que olemos el mismo sudor de nervios. Por fin somos iguales, eso me tranquiliza un poco aún sabiendo que a pesar de lo notorio de tal igualdad seguirán habiendo creencias existenciales de que tal cosa no es así, de la meritocracia inútil. Por fin podemos darnos la oportunidad de ver lo común como la diferencia sustancial del ser humano.

miércoles, 15 de enero de 2020

PUTO EL QUE LEE


Ser “el puto amo” ¿Por qué es puto el amo? acaso es porque ser dueño de voluntades es de putos? Puto suele ser un calificativo despectivo aunque en este caso sería algo positivo. O al menos quien lo implementa quiere denotar una positividad, aunque suene un tanto clasista. "Soy el puto amo". Lo hice bien, me he destacado en algo. Pero el puto también se utiliza para decir que alguien es cobarde, traidor, deshonesto, falto de sinceridad, homosexual en un sentido discriminante, etc. Estoy confundido. Pero debería ser comprensivo siendo argentino. Me pongo en la piel de los españoles desconcertados por la flexibilidad desinhibida de nuestro vocabulario. Nuestra palabra identitaria “boludo” se puede utilizar como el más audaz insulto tanto como la mayor muestra de cariño amistoso. Da igual, lo que importa es la tonalidad con la que se dispara, algo así como en el idioma chino, depende de cómo cantes el boludo cambia su significado.
Dependiendo de dónde pongamos la palabra "puto" dentro de la oración podremos hablar de algo halagador o insultante. Pero una cosa es ser puto y otra muy distinta es ser puta. ¿Qué culpa tiente la hostia de ser puta? Siempre me pregunté si la hostia es puta o si el dicho es "hostia", coma, "puta", como maximizando la denotación de asombro de la palabra "hostia", mencionando una nueva palabra, puta, perdiendo así el sentido adjetivable original. Lo cierto es que la puta siempre es puta, mujer, prostituta, piernas flojas, barata, etc. Puto puede ser varias cosas, puta una sola. Estoy cansado de escuchar "hijo de puta" como el más calumniante de los insultos, "te rompo el culo" como signo de haber sacado ventaja por sobre otro, "me cogieron" (que sería como un "me follaron") para decir que "me cagaron". Personas que adoptaron el lenguaje inclusivo, que cambiaron la "a" y la "o" por la "e" pero que siguen utilizando estas expresiones tan asquerosamente machistas. Es difícil desembarazarse de un idioma que te forja de pequeño. Es el motivo por el que yo no puedo hablar con las "e" al final de las palabras, de pervertir el género. Para mí lo más importante es desarraigar las expresiones que remiten al machismo, al binarismo, que poner "e" a las palabras. Eliminar ciertas puteadas. Otra vez el patriarcado presente: "puteada" es la forma de decir "palabrota", como si la palabra virgen de personalidad se personificara en un ser despreciablemente femenino.
Estas cosas deberían estar en el temario de las clases de idioma en las escuelas de una puta vez.

jueves, 12 de octubre de 2017

Catalunya un 12 de de octubre cualquiera.



Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado, una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas. Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso, otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual, o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto, emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista, volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro “si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la “gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra, a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la cuente.

viernes, 11 de diciembre de 2015

El gato y la mosca: Breve historia de la humanidad

Mientras desayuno veo a mi gato tratando de cazar una mosca que acaba de entrar por la ventana. Pixie no parece entrar en ningún razonamiento que esquive el hecho único e inamovible de la obtención de la presa. Nada la distrae e incluso se deja hacer que cosas que suelen molestarle como tocarle la barriga. Su atención está bajo dominio externo. Ni siquiera sus juguetes preferidos funcionan. La mosca lo es todo en ese preciso instante. De repente, zaz! De un zarpazo violento y certero, saltando por el aire, se hace de su presa. La mosca cae estúpida del golpe de la garra contra el suelo, quedando a medio reaccionar, con sus alas rotas, malherida. Intenta revolotear pero no consigue más que dar círculos en el suelo, como el personaje de Curli de “Los tres chiflados”. Pixie la mira ya menos excitada: sabe que la tiene a su disposición. La mira come se retuerce y no hace nada por calmar su dolor. Peor aún, cada tanto le da con su pata algo que estaría entre un golpe y una caricia a la vez. Un “te mato pero no te mato”. Como si estuviera burlándose de ella, jugando a darle palmaditas, a que se muera de a poco, un rato más hasta comérsela. Pero claro, el comérsela también pasa a ser parte del juego, y se la mete en la boca, le da mordiscos dulces sin rematarla, y otra vez la escupe para seguir con las palmaditas. Ya está, está lo más estúpida que se le podría pedir a una mosca, ya dejó de entender el juego propuesto por Pixie, entonces se la come.

¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata. ¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.

Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes. Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o animal.


Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países “civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación falaz.

Creímos que las civilizaciones eran una forma de organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir remordimiento. Las moscas no son nosotros.

Europa se desgarra ante los atentados ocurridos por parte de terroristas que parecen haber salido de dentro de huevo ya malos. Son malos de por sí. Civilización contra barbarie. Nadie se toma ni dos minutos para pensar por qué pasan las cosas, es que se enfría el café. Encontrar un enemigo fácil y rápidamente, enmascarados en la pereza que da tratar de entender el mundo. Civilización es precisamente tratar de entenderlo. Pero no se puede, qué más da. El enemigo es claro, tiene su propia bandera. La ambigüedad del enemigo difuso nos desespera porque no sabríamos dónde apuntar la bala.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos. Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.

Gente que nace mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera de esas fronteras, la barbarie no se notará.

¿A quién carajos le importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo, convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado terrorista sería Marlboro.

Muerte al fin, y liviandad para hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle, por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria. Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.