Mientras desayuno veo a mi gato tratando de cazar una mosca que acaba
de entrar por la ventana. Pixie no parece entrar en ningún razonamiento
que esquive el hecho único e inamovible de la obtención de la presa.
Nada la distrae e incluso se deja hacer que cosas que suelen molestarle
como tocarle la barriga. Su atención está bajo dominio externo. Ni
siquiera sus juguetes preferidos funcionan. La mosca lo es todo en ese
preciso instante. De repente, zaz! De un zarpazo violento y certero,
saltando por el aire, se hace de su presa. La mosca cae estúpida del
golpe de la garra contra el suelo, quedando a medio reaccionar, con sus
alas rotas, malherida. Intenta revolotear pero no consigue más que dar
círculos en el suelo, como el personaje de Curli de “Los tres
chiflados”. Pixie la mira ya menos excitada: sabe que la tiene a su
disposición. La mira come se retuerce y no hace nada por calmar su
dolor. Peor aún, cada tanto le da con su pata algo que estaría entre un
golpe y una caricia a la vez. Un “te mato pero no te mato”. Como si
estuviera burlándose de ella, jugando a darle palmaditas, a que se muera
de a poco, un rato más hasta comérsela. Pero claro, el comérsela
también pasa a ser parte del juego, y se la mete en la boca, le da
mordiscos dulces sin rematarla, y otra vez la escupe para seguir con las
palmaditas. Ya está, está lo más estúpida que se le podría pedir a una
mosca, ya dejó de entender el juego propuesto por Pixie, entonces se la
come.
¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar
de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego
además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la
mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las
ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata.
¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que
el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que
de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual
siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que
hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar
mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así
que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y
el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para
que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono
hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.
Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando
por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se
abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes.
Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la
paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me
indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de
tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al
cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí
abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener
que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una
señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en
concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde
la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato
que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue
cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o
animal.

Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi
imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más
tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en
aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar
pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no
poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que
bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no
dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en
el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la
vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde
justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para
conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella
que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos
eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países
mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades
que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y
expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y
no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países
“civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de
izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado
bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan
su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se
violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto
ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en
el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación
falaz.
Creímos que las civilizaciones eran una forma de
organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una
población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida
que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el
ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de
devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que
es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él
mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el
descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar
las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir
remordimiento. Las moscas no son nosotros.
Europa se desgarra
ante los atentados ocurridos por parte de terroristas que parecen haber
salido de dentro de huevo ya malos. Son malos de por sí. Civilización
contra barbarie. Nadie se toma ni dos minutos para pensar por qué pasan
las cosas, es que se enfría el café. Encontrar un enemigo fácil y
rápidamente, enmascarados en la pereza que da tratar de entender el
mundo. Civilización es precisamente tratar de entenderlo. Pero no se
puede, qué más da. El enemigo es claro, tiene su propia bandera. La
ambigüedad del enemigo difuso nos desespera porque no sabríamos dónde
apuntar la bala.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la
empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin
embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de
pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de
las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me
indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el
bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una
estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía
tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía
que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente
hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos.
Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los
que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un
escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién
es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.
Gente que nace
mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y
civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el
enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder
es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de
fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera
de esas fronteras, la barbarie no se notará.
¿A quién carajos le
importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no
planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de
terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el
horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la
muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo,
convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende
bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que
un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo
mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado
terrorista sería Marlboro.
Muerte al fin, y liviandad para
hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado
de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que
nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar
mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle,
por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria.
Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.