Pienso en los pasamanos de las escaleras. No los toco. El picaporte de la puerta de calle se burló de mí. Estoy en la calle. Silencio, pocos autos. Me recuerda a aquellos domingos donde agradecí la escasez de automóviles, aquello días donde el humo no tapa el olor de los naranjos que crecen en la esquina. Pero, raramente, ahora parece ser que ese aire puro me desconcierta. ¿Será que vivimos tan alejado a la naturaleza que cuando se nos acerca de formas extrañas a nuestro entendimiento nos coge el pánico? Los animales bajan de la montaña y deambulan la ciudad a causa del silencio y el desaparecer humano y temo por mi bienestar. Prosigo con mis pasos hacia el super, uno a uno aplasto el virus con la suela. Todo está contaminado, navego en un mar de Gremlins redondos y simpáticos. La gente pasa a mi lado cuando una barrera invisible los separa para evadir el aura que me persigue, invariable. Intento caminar más despacio, pienso que si logro rebajar mi ritmo cardíaco, mi respiración, será más difícil que pueda aspirar la peste. Me adscribo a una potencial apnea que me hace arrastrar los pasos y mis movimientos se vuelven estúpidos. Me siento extraño en una tierra extraña. Cada intento de contacto me hace recorrer una lombriz por la piel de mis vértebras. A su vez siento la hermandad del entendimiento. Se de qué va. Los productos que cojo con recelo, el arroz, los tomates, se ríen de mí. A ellos nada les importan, no poseen la capacidad empática que nos caracteriza como humanos. Esa misma empatía del bicho que se hace amigo de nuestras células y les dice: "¡Todo bien!, tu haz esto así que no pasa nada". Y la célula incrédula como el humano piensa "esto nunca me va a pasar a mi" y entonces hace caso, actúa y da rienda libre al afán del bicho de fornicarse a sí mismo como conejo y usar nuestros cuerpos como una enorme zanahoria. Es así que llego a la caja, pago con tarjeta porque es lo recomendable pero a la hora de apretar los botones para ingresar la clave de seguridad mi poder telepático falla, será por razones del nerviosismo de la situación. Uso los dedos. Desde este instante mis manos pesan nueve quilos cada una. Al menos así me aseguro de que no pueda levantarlas con facilidad y sigan allí a un metro de distancia respecto a mi rostro. Vuelvo rápido por la calle a mi casa. Aquella sensación que tuve hace un rato de poder respirar un poco de aire fuera de casa se pasa rápido y ya no se diferenciar las ganas de salir con las de estar dentro. Entro a casa. Tiro la compra al suelo. Me saco todo, meto la mochila en la bañera, me lavo las manos con una dinámica frenética que me despega del suelo. Respiro mejor. Toco la cara de mi familia. Descubro que son como yo, respiran el mismo aire, el que respiramos todos. El bicho parece saberlo, por eso es que tiene la capacidad de surfear cualquier fluido mientras sea de un elemento que respire. Respirar es lo que nos hace iguales. Seres respirables, que olemos el mismo sudor de nervios. Por fin somos iguales, eso me tranquiliza un poco aún sabiendo que a pesar de lo notorio de tal igualdad seguirán habiendo creencias existenciales de que tal cosa no es así, de la meritocracia inútil. Por fin podemos darnos la oportunidad de ver lo común como la diferencia sustancial del ser humano.
viernes, 20 de marzo de 2020
Confinamiento: día 8
Distancias que empatizan con nuestros cuerpos. Las mentes divagan entre significados existenciales y proceden ante las vicisitudes del tic tac del reloj. Acontecimientos que son más cercanos que otros. Guerras que ocurren sólo en los periódicos. Invenciones del Youtube paradojal. Empatía de aquellos que por vivir lo ajeno, viven en función del que vive similarmente. Solidaridad lo llaman. Curiosamente la solidaridad suele ser característica de los pueblos que más necesitan de solidarias personas. Una práctica que actúa viralmente, que se contagia con la cercanía. La cercanía de la distancia es la que vivimos. Nos ocurre a todos lo mismo pero la distancia es la mejor forma de acercarnos, de solidarizarnos. No queremos tocar la áspera brisa que transporta el bicho por los aires, que salta de persona a persona como un alegre saltimbanquis . Es entonces cuando emprendo la salida hacia el supermercado con la incertidumbre de qué tan espeso me rozará el aire. Salgo.
miércoles, 15 de enero de 2020
PUTO EL QUE LEE
Ser “el puto amo” ¿Por qué es puto
el amo? acaso es porque ser dueño de voluntades es de putos? Puto suele ser un
calificativo despectivo aunque en este caso sería algo positivo. O al menos
quien lo implementa quiere denotar una positividad, aunque suene un tanto clasista.
"Soy el puto amo". Lo hice bien, me he destacado en algo. Pero el
puto también se utiliza para decir que alguien es cobarde, traidor, deshonesto,
falto de sinceridad, homosexual en un sentido discriminante, etc. Estoy
confundido. Pero debería ser comprensivo siendo argentino. Me pongo en la piel
de los españoles desconcertados por la flexibilidad desinhibida de nuestro
vocabulario. Nuestra palabra identitaria “boludo” se puede utilizar como el más
audaz insulto tanto como la mayor muestra de cariño amistoso. Da igual, lo que
importa es la tonalidad con la que se dispara, algo así como en el idioma chino,
depende de cómo cantes el boludo cambia su significado.
Dependiendo de dónde pongamos la
palabra "puto" dentro de la oración podremos hablar de algo halagador
o insultante. Pero una cosa es ser puto y otra muy distinta es ser puta. ¿Qué
culpa tiente la hostia de ser puta? Siempre me pregunté si la hostia es puta o
si el dicho es "hostia", coma, "puta", como maximizando la
denotación de asombro de la palabra "hostia", mencionando una nueva
palabra, puta, perdiendo así el sentido adjetivable original. Lo cierto es que
la puta siempre es puta, mujer, prostituta, piernas flojas, barata, etc. Puto
puede ser varias cosas, puta una sola. Estoy cansado de escuchar "hijo de
puta" como el más calumniante de los insultos, "te rompo el
culo" como signo de haber sacado ventaja por sobre otro, "me
cogieron" (que sería como un "me follaron") para decir que
"me cagaron". Personas que adoptaron el lenguaje inclusivo, que
cambiaron la "a" y la "o" por la "e" pero que
siguen utilizando estas expresiones tan asquerosamente machistas. Es difícil
desembarazarse de un idioma que te forja de pequeño. Es el motivo por el que yo
no puedo hablar con las "e" al final de las palabras, de pervertir el
género. Para mí lo más importante es desarraigar las expresiones que remiten al
machismo, al binarismo, que poner "e" a las palabras. Eliminar
ciertas puteadas. Otra vez el patriarcado presente: "puteada" es la
forma de decir "palabrota", como si la palabra virgen de personalidad
se personificara en un ser despreciablemente femenino.
Estas cosas deberían estar en el temario de las clases de idioma en las
escuelas de una puta vez.
jueves, 12 de octubre de 2017
Catalunya un 12 de de octubre cualquiera.
Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te
gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado,
una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien
qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la
imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy
bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de
acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más
que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se
fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un
sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de
diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de
un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma
de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que
los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos
estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra
escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis
alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas.
Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso,
otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar
estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos
alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y
en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a
saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al
llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los
compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños
pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar
charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual,
o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y
adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños
no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben
jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados
en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún
estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una
pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos
sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen
otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión
política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que
pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios
en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto,
emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos
llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La
historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que
empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la
historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos
acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista,
volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un
aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su
acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por
una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió
preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro
“si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería
más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio
más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió
a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo
que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no
respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres
catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era
una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso
significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la
“gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos
sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no
tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué
preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café
y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar
la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la
oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de
acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder
cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como
ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un
catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en
Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo
recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo
cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán
por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede
responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado
fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del
sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que
define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto
implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor
que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra,
a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por
eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me
cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me
definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo
abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser
humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo
dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que
puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso
y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme
bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy
yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de
uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un
actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una
construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero
decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que
pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi
ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven
el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que
España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que
cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales
terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No
puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de
esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa
lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos
todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la
cuente.
viernes, 11 de diciembre de 2015
El gato y la mosca: Breve historia de la humanidad
Mientras desayuno veo a mi gato tratando de cazar una mosca que acaba
de entrar por la ventana. Pixie no parece entrar en ningún razonamiento
que esquive el hecho único e inamovible de la obtención de la presa.
Nada la distrae e incluso se deja hacer que cosas que suelen molestarle
como tocarle la barriga. Su atención está bajo dominio externo. Ni
siquiera sus juguetes preferidos funcionan. La mosca lo es todo en ese
preciso instante. De repente, zaz! De un zarpazo violento y certero,
saltando por el aire, se hace de su presa. La mosca cae estúpida del
golpe de la garra contra el suelo, quedando a medio reaccionar, con sus
alas rotas, malherida. Intenta revolotear pero no consigue más que dar
círculos en el suelo, como el personaje de Curli de “Los tres
chiflados”. Pixie la mira ya menos excitada: sabe que la tiene a su
disposición. La mira come se retuerce y no hace nada por calmar su
dolor. Peor aún, cada tanto le da con su pata algo que estaría entre un
golpe y una caricia a la vez. Un “te mato pero no te mato”. Como si
estuviera burlándose de ella, jugando a darle palmaditas, a que se muera
de a poco, un rato más hasta comérsela. Pero claro, el comérsela
también pasa a ser parte del juego, y se la mete en la boca, le da
mordiscos dulces sin rematarla, y otra vez la escupe para seguir con las
palmaditas. Ya está, está lo más estúpida que se le podría pedir a una
mosca, ya dejó de entender el juego propuesto por Pixie, entonces se la
come.
¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata. ¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.
Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes. Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o animal.
Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países “civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación falaz.
Creímos que las civilizaciones eran una forma de organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir remordimiento. Las moscas no son nosotros.
Europa se desgarra
ante los atentados ocurridos por parte de terroristas que parecen haber
salido de dentro de huevo ya malos. Son malos de por sí. Civilización
contra barbarie. Nadie se toma ni dos minutos para pensar por qué pasan
las cosas, es que se enfría el café. Encontrar un enemigo fácil y
rápidamente, enmascarados en la pereza que da tratar de entender el
mundo. Civilización es precisamente tratar de entenderlo. Pero no se
puede, qué más da. El enemigo es claro, tiene su propia bandera. La
ambigüedad del enemigo difuso nos desespera porque no sabríamos dónde
apuntar la bala.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos. Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.
Gente que nace mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera de esas fronteras, la barbarie no se notará.
¿A quién carajos le importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo, convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado terrorista sería Marlboro.
Muerte al fin, y liviandad para hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle, por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria. Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.
¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata. ¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.
Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes. Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o animal.
Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países “civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación falaz.
Creímos que las civilizaciones eran una forma de organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir remordimiento. Las moscas no son nosotros.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos. Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.
Gente que nace mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera de esas fronteras, la barbarie no se notará.
¿A quién carajos le importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo, convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado terrorista sería Marlboro.
Muerte al fin, y liviandad para hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle, por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria. Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.
jueves, 11 de junio de 2015
Maradona Vs. Messi
Escuché el otro día a Alejandro
Dolina opinar sobre Messi y la diferencia con Maradona. Para empezar, creo que
deberíamos especificar la diferencia tiempo-espacio que a ambos los separa,
pero como es algo muy complejo y requiere de un pensamiento dificultoso e irresoluble,
es más fácil decir quién o cuál es mejor o peor. Pero Dolina no es tan tonto como
para hacerlo. Resolvió el dilema diciendo que ambos son extraordinarios, pero
que Diego era más bello en su juego. A Diego se lo podía intuir como el mejor en una jugada
y a Messi en cambio en la estadística de todas sus participaciones. Me parece
algo demasiado lateralizado para ser una conclusión. Con lo que podría estar de
acuerdo es con la idea de que Messi resuelve las jugadas más fácilmente, sin
tanto malabarismo o quiebres imposibles de cinturas cual bailarín. "Directo al grano". Me parecía
ver esto en primera instancia cuando empezó a jugar junto al maravilloso
Ronaldinho. Pensaba: ¿cómo puede ser tan bueno un jugador que no hace ni la
mitad de las cosas que puede hacer Ronaldinho? Es cuando introduje el concepto
de “efectividad”. Hasta el mismo Ronaldinho dijo una vez que al verlo entrenar por
primera vez pensó “este es mejor que yo”, cosa que cuesta asimilar como tal, al
menos a lo que a mí respecta. Aquí mismo podríamos acercarnos a la idea de
Dolina. Messi es efectividad estadística y Maradona resolutiva, por no decir
estética. Pero la belleza en el fútbol no es mérito propio del triunfo. No se
ganan partidos con belleza, sino con goles. Imaginémonos los líos que se
armarían si en un partido de fútbol definitorio de un torneo que haya terminado
tres a tres se tuviera que decidir al ganador por la belleza de sus goles o de
su juego. Todos juntados en una gran mesa dispuesta en medio de la cancha,
luego de que los jugadores hayan terminado de ducharse, para debatir en
asamblea general, técnicos, árbitros, delegados del público concurrente y
delegados telemáticos representando al público televisivo, filósofos,
deportistas de élite. Todos reunidos para poder decidir al verdadero ganador,
al merecido ganador. Y claro, aquí introducimos la polémica idea de la verasidad,de qué se aceca más a la verdadera de belleza. Pues
bien, esto no sólo no es así sino que no tiene nada que ver con la idea competitiva
del fútbol, donde lo que suma es la efectividad y no la puesta en escena como
en otras disciplinas, por ejemplo la gimnasia artística. Aquí gana el que más
la mete y al que menos se la meten. Cuando explicamos
en fútbol algo por su belleza, es en realidad porque se acaban los adjetivos
calificativos de la intencionalidad del deporte y nos entregamos al goce de la
contemplación o el divertimento, cosa que es más que digna dentro del deporte.
Para eso lo consumimos, o por eso es que lo consumimos, porque posee una
estética que nos hace posible su percepción. Yo, practicante de Judo, entiendo
este punto perfectamente, ya que aun sabiendo yo cómo son las reglas de este
deporte, no siempre me resulta divertido ver Judo, ni hablemos de alguien que no
sabe nada de Judo, un aburrimiento absoluto. En cambio el fútbol divierte
incluso al que entiendo poco y nada. Esa búsqueda estética es lo que aproxima
al deporte con la idea de función artística.
Hay cierta intención mundana de relacionar
al fútbol con el arte, con la belleza, para explicar, entre otras cosas, por
qué es tan popular en el mundo entero. “El deporte más bello del mundo”. Habría
que ver realmente qué es lo que lo hace bello, si su puesta en escena o su
práctica. Volviendo al judo, para mí hay una enorme diferencia entre
practicarlo y verlo, casi que no hay similitud. En el fútbol seguro pasa lo
mismo. Pero habría que poder practicar medianamente cada deporte existente
sobre la tierra para sacar una estadística sobre cuál deporte es más
interesante que cuál y desde qué punto de vista, si el de practicante o el de espectador.
En cuanto a Messi y Maradona,
para empezar habría que analizar qué cree Dolina que es bello y qué cree
Fulanito al decir que Messi juega más bello. Pero si hablamos de la belleza
en una actividad del hombre estamos hablando de arte, dejando de lado un poco el deporte. Ya no estamos
hablando de puntos, goles, asistencias, trofeos, sino de otra cosa. Entonces
tendríamos que ver qué buscamos cuando vemos fútbol. Y si buscamos belleza, pues
quizás sería bueno empezar a generar torneos que los que no se juegue por nada,
sino por amor al fútbol, donde los arcos no tengan red y en caso de que la
pelota atravesara el arco como en un gol, se pudiera ir por detrás de la línea
de meta a buscarla sin que se detenga el juego y seguir con el espectáculo. O
que directamente no haya arcos. Partidos sin objetivo, sino el de la
demostración futbolera, y que los jueces de la estética futbolera decidan con
puntaje. O mejor aún, donde nadie decida nada por nadie, sin perdedores ni
ganadores.
Hace rato que no miro otro fútbol
que el europeo. El fútbol argentino ha quedado tan lejos de mí que no tengo
idea de nada. Busco justamente eso que busca la gente en general, la belleza, y
lo encuentro más en Europa que en otro lado. Miro fútbol estéticamente, sin
importarme los resultados. Eso se lo dejo a los apasionados, a los fanáticos.
Porque sólo siendo fanático se puede concebir la idea de querer conseguir
objetivos. Aquí nos encontramos con la paradoja de la belleza inmaterial y el
objeto triunfo. Consumimos fútbol por su belleza, y a su vez queremos que
nuestro equipo del que somos simpatizantes gane como sea. Eso es lo que pasa,
a mí me parece, en el fútbol argentino. Da todo más o menos lo mismo, mientras
mi equipo gane. La pasión lo enceguece todo y termina siendo más importante el
circo que se arma por fuera, la ficción que nada tiene que ver con el juego y
la habilidad. Al fútbol le entramos por lo bello y terminamos siguiéndolo por el
resultado, o por lo que es más inentendible para mí, por una especie de pasión
que da lo mismo si tu equipo es un asco absoluto jugando, te gusta igual. Un “porque
sí”.
Ahora bien, ¿dónde está la
belleza entonces? Porque digo, jactándome de mi seguridad, que busco belleza en un partido y no
un resultado. ¿Cuál es mi belleza? ¿Cuál es la belleza en el fútbol? ¿Maradona
porque danza en sus fintas o Messi porque no las necesita? ¿La estadística o la
efectividad? Es una decisión difícil e incluso injusta, porque si analizamos
más a fondo al fútbol, encontraremos que es uno de los deportes más injustos
que existen. Entonces, si el fútbol es injusto, inesperado, incierto, donde a
veces el peor le gana al mejor, o el club con más poder es el que mejores
jugadores tiene y tendrá, donde los árbitros cometen errores todo el tiempo,
¿dónde está la belleza en todo esto? Quizás sea bello porque el fútbol es
lo más parecido a la vida misma, donde hay reglas pero en realidad no hay
reglas, donde todo sigue un reglamento que se puede ir al carajo en cualquier
momento. Creo que sí, es eso, el fútbol es tan bello como la imperfección. En
la imperfección de las cosas se encuentra la belleza. Porque allí es donde
reina el matiz.
Vaya lío en que nos metimos,
ahora se metió la señora “Justicia” en todo esto. Porque si el objetivo es
ganar partidos para ganar torneos, y así, ser el mejor y no el más bello,
entonces tenemos que hablar de lo justo. Y entonces me pregunto qué hay de
justo en los torneos cuando por empezar ningún torneo es igual al otro. Lo
torneos de liga premian la continuidad y la acumulación de puntos, y es lo más
parecido a la justicia (tranquilos, sólo dije “parecido”) porque da el tiempo
suficiente y los partidos necesarios para ver realmente en qué nivel está el
quipo, permitiendo poder equivocarse en el camino sin ser necesariamente un
factor decisivo para definir el destino del equipo. En cambio, si nos remitimos
a un mundial de fútbol, o a la liga de campeones, ya la cagamos, porque no se
parece en nada más que en que son 11 contra 11 y el partido dura 90 minutos. Ya
empezamos a hablar de estados de ánimos en el momento decisivo: no hay vuelta
atrás en un partido se gane o se pierda. Que la preparación, que el tiempo que
tuvieron los jugadores para juntarse a entrenar en el caso del mundial (nada de
continuidad ni mierdas), qué la mala decisión en el último momento del árbitro
que no se puede remediar de ninguna manera ya que no habrá más partidos “subsanadores”.
Y encima de todo, a veces, simplemente, sin razón, gana el peor de casualidad.
¿Entonces de qué justicia estamos hablando? En un torneo se premia la
continuidad y en otro el oportunismo. A veces coincide que el mejor es el que
gana.
Volviendo al torneo de liga,
tenemos otro problema: que la continuidad, que parece la opción más justa, se
vuelve injusta en el momento que el club más poderoso posee el acceso a los mejores
jugadores, y por ende, a los mejores premios. Acá ya es donde todo se desvirtúa
e importa una mierda de qué equipo eres hincha, porque en verdad no eres de
ningún equipo, porque no existe tan concepto. El equipo de fútbol es una
construcción abstracta de poderes, oportunismo, negocios, y al final del camino, algo de fútbol y táctica. Pero sí en más digno ser
hincha de los jugadores, como los maradonianos o los messiánicos. Allí es donde
rige el criterio individual por sobre lo general o colectivo, que sería
representado por la totalidad “Fútbol”. Volvemos a cerrar el bucle para volver
a empezar: ¿Maradona o Messi? ¿Deporte o espectáculo?
En el Judo la versatilidad de la
técnica puede ser el objetivo más claro de la actividad: es lo que te lleva a
la sabiduría y a la obtención de graduación (color de cinturones). Pero todo
esto se puede anular automáticamente cuando el judoca posee una única técnica
poderosa e imbatible con las que gana cada una de las luchas. Se puede dar este
caso, dónde nada importa lo variable de la técnica contra una única técnica
superior al resto. ¿Es injusto esto cuando un judoca se ha volcado a aprender
todas las técnicas posibles mientras el otro sólo se dedica a perfeccionar una
única técnica para poder ser imbatible? ¿Qué es lo justo, ganar o saber? Imaginemos
que Messi no solo ya es un rey de la estadística, sino que tiene el don de
pegarle desde cualquier lugar de la cancha y hacer que la pelota se dirija al
preciso y más lejano sector del arco donde el arquero no puede llegar nunca. “Piernas
de misil teledirigido” dirían las portadas de los diarios. Sería sencillamente
infalible. “Pero Maradona jugaba más bonito” seguiría diciendo Dolina
seguramente. Si se busca belleza no se puede buscar competencia. Aún así, ambas cosas pueden convivir, claro está.Pero son cosas diferentes.
Se comparan muchas otras cosas,
como el liderazgo en un equipo, quién es quién, con quienes juegan, cómo y cuándo,
circunstancias, etc. Si de comparaciones se trata, ya estamos
hablando de dos paradigmas diferentes, donde casi todo era diferente, desde el
peso de la pelota hasta las circunstancias cotidianas que hacen al jugador. Son
demasiados factores a analizar, tantos que nadie los analiza, sino costaría
ponerse de un lado o del otro, y vivimos en un mundo competitivo donde la premisa es, lamentablemente, ponerse en un lugar. Las circunstancias definen a los jugadores, por
lo que los jugadores, como las circunstancias, nunca son las mismas.
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