miércoles, 15 de enero de 2020

PUTO EL QUE LEE


Ser “el puto amo” ¿Por qué es puto el amo? acaso es porque ser dueño de voluntades es de putos? Puto suele ser un calificativo despectivo aunque en este caso sería algo positivo. O al menos quien lo implementa quiere denotar una positividad, aunque suene un tanto clasista. "Soy el puto amo". Lo hice bien, me he destacado en algo. Pero el puto también se utiliza para decir que alguien es cobarde, traidor, deshonesto, falto de sinceridad, homosexual en un sentido discriminante, etc. Estoy confundido. Pero debería ser comprensivo siendo argentino. Me pongo en la piel de los españoles desconcertados por la flexibilidad desinhibida de nuestro vocabulario. Nuestra palabra identitaria “boludo” se puede utilizar como el más audaz insulto tanto como la mayor muestra de cariño amistoso. Da igual, lo que importa es la tonalidad con la que se dispara, algo así como en el idioma chino, depende de cómo cantes el boludo cambia su significado.
Dependiendo de dónde pongamos la palabra "puto" dentro de la oración podremos hablar de algo halagador o insultante. Pero una cosa es ser puto y otra muy distinta es ser puta. ¿Qué culpa tiente la hostia de ser puta? Siempre me pregunté si la hostia es puta o si el dicho es "hostia", coma, "puta", como maximizando la denotación de asombro de la palabra "hostia", mencionando una nueva palabra, puta, perdiendo así el sentido adjetivable original. Lo cierto es que la puta siempre es puta, mujer, prostituta, piernas flojas, barata, etc. Puto puede ser varias cosas, puta una sola. Estoy cansado de escuchar "hijo de puta" como el más calumniante de los insultos, "te rompo el culo" como signo de haber sacado ventaja por sobre otro, "me cogieron" (que sería como un "me follaron") para decir que "me cagaron". Personas que adoptaron el lenguaje inclusivo, que cambiaron la "a" y la "o" por la "e" pero que siguen utilizando estas expresiones tan asquerosamente machistas. Es difícil desembarazarse de un idioma que te forja de pequeño. Es el motivo por el que yo no puedo hablar con las "e" al final de las palabras, de pervertir el género. Para mí lo más importante es desarraigar las expresiones que remiten al machismo, al binarismo, que poner "e" a las palabras. Eliminar ciertas puteadas. Otra vez el patriarcado presente: "puteada" es la forma de decir "palabrota", como si la palabra virgen de personalidad se personificara en un ser despreciablemente femenino.
Estas cosas deberían estar en el temario de las clases de idioma en las escuelas de una puta vez.

jueves, 12 de octubre de 2017

Catalunya un 12 de de octubre cualquiera.



Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado, una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas. Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso, otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual, o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto, emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista, volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro “si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la “gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra, a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la cuente.

viernes, 11 de diciembre de 2015

El gato y la mosca: Breve historia de la humanidad

Mientras desayuno veo a mi gato tratando de cazar una mosca que acaba de entrar por la ventana. Pixie no parece entrar en ningún razonamiento que esquive el hecho único e inamovible de la obtención de la presa. Nada la distrae e incluso se deja hacer que cosas que suelen molestarle como tocarle la barriga. Su atención está bajo dominio externo. Ni siquiera sus juguetes preferidos funcionan. La mosca lo es todo en ese preciso instante. De repente, zaz! De un zarpazo violento y certero, saltando por el aire, se hace de su presa. La mosca cae estúpida del golpe de la garra contra el suelo, quedando a medio reaccionar, con sus alas rotas, malherida. Intenta revolotear pero no consigue más que dar círculos en el suelo, como el personaje de Curli de “Los tres chiflados”. Pixie la mira ya menos excitada: sabe que la tiene a su disposición. La mira come se retuerce y no hace nada por calmar su dolor. Peor aún, cada tanto le da con su pata algo que estaría entre un golpe y una caricia a la vez. Un “te mato pero no te mato”. Como si estuviera burlándose de ella, jugando a darle palmaditas, a que se muera de a poco, un rato más hasta comérsela. Pero claro, el comérsela también pasa a ser parte del juego, y se la mete en la boca, le da mordiscos dulces sin rematarla, y otra vez la escupe para seguir con las palmaditas. Ya está, está lo más estúpida que se le podría pedir a una mosca, ya dejó de entender el juego propuesto por Pixie, entonces se la come.

¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata. ¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.

Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes. Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o animal.


Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países “civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación falaz.

Creímos que las civilizaciones eran una forma de organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir remordimiento. Las moscas no son nosotros.

Europa se desgarra ante los atentados ocurridos por parte de terroristas que parecen haber salido de dentro de huevo ya malos. Son malos de por sí. Civilización contra barbarie. Nadie se toma ni dos minutos para pensar por qué pasan las cosas, es que se enfría el café. Encontrar un enemigo fácil y rápidamente, enmascarados en la pereza que da tratar de entender el mundo. Civilización es precisamente tratar de entenderlo. Pero no se puede, qué más da. El enemigo es claro, tiene su propia bandera. La ambigüedad del enemigo difuso nos desespera porque no sabríamos dónde apuntar la bala.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos. Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.

Gente que nace mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera de esas fronteras, la barbarie no se notará.

¿A quién carajos le importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo, convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado terrorista sería Marlboro.

Muerte al fin, y liviandad para hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle, por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria. Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.

jueves, 11 de junio de 2015

Maradona Vs. Messi

Escuché el otro día a Alejandro Dolina opinar sobre Messi y la diferencia con Maradona. Para empezar, creo que deberíamos especificar la diferencia tiempo-espacio que a ambos los separa, pero como es algo muy complejo y requiere de un pensamiento dificultoso e irresoluble, es más fácil decir quién o cuál es mejor o peor. Pero Dolina no es tan tonto como para hacerlo. Resolvió el dilema diciendo que ambos son extraordinarios, pero que Diego era más bello en su juego. A Diego se lo podía intuir como el mejor en una jugada y a Messi en cambio en la estadística de todas sus participaciones. Me parece algo demasiado lateralizado para ser una conclusión. Con lo que podría estar de acuerdo es con la idea de que Messi resuelve las jugadas más fácilmente, sin tanto malabarismo o quiebres imposibles de cinturas cual bailarín. "Directo al grano". Me parecía ver esto en primera instancia cuando empezó a jugar junto al maravilloso Ronaldinho. Pensaba: ¿cómo puede ser tan bueno un jugador que no hace ni la mitad de las cosas que puede hacer Ronaldinho? Es cuando introduje el concepto de “efectividad”. Hasta el mismo Ronaldinho dijo una vez que al verlo entrenar por primera vez pensó “este es mejor que yo”, cosa que cuesta asimilar como tal, al menos a lo que a mí respecta. Aquí mismo podríamos acercarnos a la idea de Dolina. Messi es efectividad estadística y Maradona resolutiva, por no decir estética. Pero la belleza en el fútbol no es mérito propio del triunfo. No se ganan partidos con belleza, sino con goles. Imaginémonos los líos que se armarían si en un partido de fútbol definitorio de un torneo que haya terminado tres a tres se tuviera que decidir al ganador por la belleza de sus goles o de su juego. Todos juntados en una gran mesa dispuesta en medio de la cancha, luego de que los jugadores hayan terminado de ducharse, para debatir en asamblea general, técnicos, árbitros, delegados del público concurrente y delegados telemáticos representando al público televisivo, filósofos, deportistas de élite. Todos reunidos para poder decidir al verdadero ganador, al merecido ganador. Y claro, aquí introducimos la polémica idea de la verasidad,de qué se aceca más a la verdadera de belleza. Pues bien, esto no sólo no es así sino que no tiene nada que ver con la idea competitiva del fútbol, donde lo que suma es la efectividad y no la puesta en escena como en otras disciplinas, por ejemplo la gimnasia artística. Aquí gana el que más la mete y al que menos se la meten. Cuando explicamos en fútbol algo por su belleza, es en realidad porque se acaban los adjetivos calificativos de la intencionalidad del deporte y nos entregamos al goce de la contemplación o el divertimento, cosa que es más que digna dentro del deporte. Para eso lo consumimos, o por eso es que lo consumimos, porque posee una estética que nos hace posible su percepción. Yo, practicante de Judo, entiendo este punto perfectamente, ya que aun sabiendo yo cómo son las reglas de este deporte, no siempre me resulta divertido ver Judo, ni hablemos de alguien que no sabe nada de Judo, un aburrimiento absoluto. En cambio el fútbol divierte incluso al que entiendo poco y nada. Esa búsqueda estética es lo que aproxima al deporte con la idea de función artística.  
Hay cierta intención mundana de relacionar al fútbol con el arte, con la belleza, para explicar, entre otras cosas, por qué es tan popular en el mundo entero. “El deporte más bello del mundo”. Habría que ver realmente qué es lo que lo hace bello, si su puesta en escena o su práctica. Volviendo al judo, para mí hay una enorme diferencia entre practicarlo y verlo, casi que no hay similitud. En el fútbol seguro pasa lo mismo. Pero habría que poder practicar medianamente cada deporte existente sobre la tierra para sacar una estadística sobre cuál deporte es más interesante que cuál y desde qué punto de vista, si el de practicante o el de espectador.
En cuanto a Messi y Maradona, para empezar habría que analizar qué cree Dolina que es bello y qué cree Fulanito al decir que Messi juega más bello. Pero si hablamos de la belleza en una actividad del hombre estamos hablando de arte, dejando de lado un poco el deporte. Ya no estamos hablando de puntos, goles, asistencias, trofeos, sino de otra cosa. Entonces tendríamos que ver qué buscamos cuando vemos fútbol. Y si buscamos belleza, pues quizás sería bueno empezar a generar torneos que los que no se juegue por nada, sino por amor al fútbol, donde los arcos no tengan red y en caso de que la pelota atravesara el arco como en un gol, se pudiera ir por detrás de la línea de meta a buscarla sin que se detenga el juego y seguir con el espectáculo. O que directamente no haya arcos. Partidos sin objetivo, sino el de la demostración futbolera, y que los jueces de la estética futbolera decidan con puntaje. O mejor aún, donde nadie decida nada por nadie, sin perdedores ni ganadores.
Hace rato que no miro otro fútbol que el europeo. El fútbol argentino ha quedado tan lejos de mí que no tengo idea de nada. Busco justamente eso que busca la gente en general, la belleza, y lo encuentro más en Europa que en otro lado. Miro fútbol estéticamente, sin importarme los resultados. Eso se lo dejo a los apasionados, a los fanáticos. Porque sólo siendo fanático se puede concebir la idea de querer conseguir objetivos. Aquí nos encontramos con la paradoja de la belleza inmaterial y el objeto triunfo. Consumimos fútbol por su belleza, y a su vez queremos que nuestro equipo del que somos simpatizantes gane como sea. Eso es lo que pasa, a mí me parece, en el fútbol argentino. Da todo más o menos lo mismo, mientras mi equipo gane. La pasión lo enceguece todo y termina siendo más importante el circo que se arma por fuera, la ficción que nada tiene que ver con el juego y la habilidad. Al fútbol le entramos por lo bello y terminamos siguiéndolo por el resultado, o por lo que es más inentendible para mí, por una especie de pasión que da lo mismo si tu equipo es un asco absoluto jugando, te gusta igual. Un “porque sí”.
Ahora bien, ¿dónde está la belleza entonces? Porque digo, jactándome de mi seguridad, que busco belleza en un partido y no un resultado. ¿Cuál es mi belleza? ¿Cuál es la belleza en el fútbol? ¿Maradona porque danza en sus fintas o Messi porque no las necesita? ¿La estadística o la efectividad? Es una decisión difícil e incluso injusta, porque si analizamos más a fondo al fútbol, encontraremos que es uno de los deportes más injustos que existen. Entonces, si el fútbol es injusto, inesperado, incierto, donde a veces el peor le gana al mejor, o el club con más poder es el que mejores jugadores tiene y tendrá, donde los árbitros cometen errores todo el tiempo, ¿dónde está la belleza en todo esto? Quizás sea bello porque el fútbol es lo más parecido a la vida misma, donde hay reglas pero en realidad no hay reglas, donde todo sigue un reglamento que se puede ir al carajo en cualquier momento. Creo que sí, es eso, el fútbol es tan bello como la imperfección. En la imperfección de las cosas se encuentra la belleza. Porque allí es donde reina el matiz.
Vaya lío en que nos metimos, ahora se metió la señora “Justicia” en todo esto. Porque si el objetivo es ganar partidos para ganar torneos, y así, ser el mejor y no el más bello, entonces tenemos que hablar de lo justo. Y entonces me pregunto qué hay de justo en los torneos cuando por empezar ningún torneo es igual al otro. Lo torneos de liga premian la continuidad y la acumulación de puntos, y es lo más parecido a la justicia (tranquilos, sólo dije “parecido”) porque da el tiempo suficiente y los partidos necesarios para ver realmente en qué nivel está el quipo, permitiendo poder equivocarse en el camino sin ser necesariamente un factor decisivo para definir el destino del equipo. En cambio, si nos remitimos a un mundial de fútbol, o a la liga de campeones, ya la cagamos, porque no se parece en nada más que en que son 11 contra 11 y el partido dura 90 minutos. Ya empezamos a hablar de estados de ánimos en el momento decisivo: no hay vuelta atrás en un partido se gane o se pierda. Que la preparación, que el tiempo que tuvieron los jugadores para juntarse a entrenar en el caso del mundial (nada de continuidad ni mierdas), qué la mala decisión en el último momento del árbitro que no se puede remediar de ninguna manera ya que no habrá más partidos “subsanadores”. Y encima de todo, a veces, simplemente, sin razón, gana el peor de casualidad. ¿Entonces de qué justicia estamos hablando? En un torneo se premia la continuidad y en otro el oportunismo. A veces coincide que el mejor es el que gana.
Volviendo al torneo de liga, tenemos otro problema: que la continuidad, que parece la opción más justa, se vuelve injusta en el momento que el club más poderoso posee el acceso a los mejores jugadores, y por ende, a los mejores premios. Acá ya es donde todo se desvirtúa e importa una mierda de qué equipo eres hincha, porque en verdad no eres de ningún equipo, porque no existe tan concepto. El equipo de fútbol es una construcción abstracta de poderes, oportunismo, negocios, y al final del camino, algo de fútbol y táctica. Pero sí en más digno ser hincha de los jugadores, como los maradonianos o los messiánicos. Allí es donde rige el criterio individual por sobre lo general o colectivo, que sería representado por la totalidad “Fútbol”. Volvemos a cerrar el bucle para volver a empezar: ¿Maradona o Messi? ¿Deporte o espectáculo?
En el Judo la versatilidad de la técnica puede ser el objetivo más claro de la actividad: es lo que te lleva a la sabiduría y a la obtención de graduación (color de cinturones). Pero todo esto se puede anular automáticamente cuando el judoca posee una única técnica poderosa e imbatible con las que gana cada una de las luchas. Se puede dar este caso, dónde nada importa lo variable de la técnica contra una única técnica superior al resto. ¿Es injusto esto cuando un judoca se ha volcado a aprender todas las técnicas posibles mientras el otro sólo se dedica a perfeccionar una única técnica para poder ser imbatible? ¿Qué es lo justo, ganar o saber? Imaginemos que Messi no solo ya es un rey de la estadística, sino que tiene el don de pegarle desde cualquier lugar de la cancha y hacer que la pelota se dirija al preciso y más lejano sector del arco donde el arquero no puede llegar nunca. “Piernas de misil teledirigido” dirían las portadas de los diarios. Sería sencillamente infalible. “Pero Maradona jugaba más bonito” seguiría diciendo Dolina seguramente. Si se busca belleza no se puede buscar competencia. Aún así, ambas cosas pueden convivir, claro está.Pero son cosas diferentes.
Se comparan muchas otras cosas, como el liderazgo en un equipo, quién es quién, con quienes juegan, cómo y cuándo, circunstancias, etc. Si de comparaciones se trata, ya estamos hablando de dos paradigmas diferentes, donde casi todo era diferente, desde el peso de la pelota hasta las circunstancias cotidianas que hacen al jugador. Son demasiados factores a analizar, tantos que nadie los analiza, sino costaría ponerse de un lado o del otro, y vivimos en un mundo competitivo donde la premisa es, lamentablemente, ponerse en un lugar. Las circunstancias definen a los jugadores, por lo que los jugadores, como las circunstancias, nunca son las mismas.