jueves, 12 de octubre de 2017

Catalunya un 12 de de octubre cualquiera.



Hoy una alumna de mi clase de arte me ha preguntado: ¿Te gusta la independencia? Yo le he contestado, desconcertado pero no extrañado, una fugaz respuesta que no merecía ningún análisis de subjetividad: “No sé bien qué pensar, tengo dudas. La verdad, me da lo mismo”, un poco perturbado por la imbecilidad de mi respuesta que buscaba sortear una situación que no sabía muy bien cómo manejar. La niña dijo: “claro, a ti te da lo mismo porque no eres de acá. Pero tenemos que ser independientes, porque nos roban, porque pagamos más que el resto… además no han hecho carreteras acá como en otros sitios”. Y se fue. Me quedé atónito, pensando primero en que ya había escuchado eso mismo un sinfín de veces, entre otros cientos de sinfines. Y pensé, una niña de menos de diez años sólo puede haber pensado algo así porque lo ha escuchado, quizás, de un mayor. Una construcción del relato que le ha llegado y construye una forma de percibir la realidad. Después de todo, los niños se construyen por lo que los adultos nos construimos. Pero yo me pregunto, ¿no será que nosotros mismos estamos construidos y que ellos sólo nos imitan?
Días atrás comenzaba el ciclo escolar de ilustración en otra escuela. Era el primer día de clases, cuando esperando en el patio a mis alumnos, salieron de repente corriendo desde los pasillos hacia las puertas externas. Pero algunos corrían entusiasmados para comer la merienda tirados en el piso, otros con sus pelotas ansiosos por mover las piernas después de estar estancadas en sus pupitres durante tantas horas… y otros, en especial unos alumnos que había tenido el año anterior, simplemente caminando, cabizbajos y en silencio. Sus manos sostenían un I phone cada uno. Enseguida me acerqué a saludarlos, y les pregunté si se acostumbra comprar un móvil a los niños al llegar al sexto año de primaria. Me dijeron que no, simplemente se los compraron los padres. En seguida pensé que era una pena que siendo tan niños pudieran quedar atrapados en un mundo virtual y obsoleto en vez de estar charlando y jugando. Será que yo mismo no me acostumbro a esta idea del mundo virtual, o más bien, me da vértigo, a sabiendas de que es un peligro constante y adictivo esperando detrás de la puerta de la inmediatez. ¿Pero acaso los niños no hacen otra cosa que imitar a los mayores? Muchos creen que los niños deben jugar a la pelota, a las muñecas, al médico, a las damas, en vez de estar encerrados en una pantalla. Lo creen mientras se pasan en promedio, según leí en algún estudio, entre dos y tres horas diarias apuntando el ser completo a una pantalla. Me vuelvo a preguntar: ¿no será que el problema es nuestro y ellos sólo nos imitan?
¿No será que aún somos unos niños, que imitamos lo que hacen otros, lo que nos dicen que está bien hacer, lo que nos cuentan? ¿Qué opinión política tendríamos sin medios de comunicación que no nos expliquen lo que pasa, opinen por nosotros? ¿Qué pasaría si por un año cayeran todos estos medios en el olvido? ¿Cómo nos enteraríamos de cómo van las cosas, y en su defecto, emitir una opinión o participación social de tal o cual conflicto? ¿Cómo nos llegaría la información a nuestros oídos y de qué manera la procesaríamos? La historia contemporánea ya viene empaquetada y con moño. Quizás sea momento que empaquetarnos nuestra propia historia. Porque como dijo un historiador: “la historia no se estudia, se hace”. Será momento de construir la historia que nos acontece, apoyados en la historia que nos precede.
Más tarde del mismo día de la niña independentista, volviendo a mi casa en bici, una mujer me paró justo llegando. Tenía un aparatito en la mano. Me preguntó si era de acá. Parecía argentina por su acento. Acostumbrado a la horda turística, pensé enseguida que me preguntaría por una calle, o cómo llegar a la Sagrada Familia. Le contesté que sí. Siguió preguntando si era del barrio. Otra vez, “sí”. Preguntó si vivía hace mucho. Otro “si” de respuesta. Me di cuenta que la pregunta venía para largo, que quería más bien averiguar algo sobre mi persona que pudiera responder a un criterio más generalizado, por supuesto, sobre la situación catalana del momento. Volvió a preguntarme si era de acá. Advertí que mi unívoca respuesta de “si” a todo lo que ella me preguntaba no hacía otra cosa que generarle una confusión que no respondía su verdadera pregunta, la que debía hacerme desde el principio: ¿Eres catalán? O quizás podría ser ¿Eres español? De cualquier modo, me dijo que era una periodista francesa que buscaba a “Alguien de acá”. Entendí lo que eso significaba, para ella yo no era “de acá”. Le contesté que la mitad de la “gente de acá” era extranjera, como yo, y que debería seguir insistiendo. Nos sonreímos y emprendí la salida rápida a mi casa. Me sentí afortunado porque no tenía nada de ganas de tener que detenerme a responder vaya a saber qué preguntas, no me daba la gana. Pero claro, luego en mi casa, tomándome un café y pensando en lo ocurrido, me dieron ganas de retroceder en el tiempo y abordar la pregunta de esta señora con retórica. Pero era tarde, había perdido la oportunidad. Me hubiera gustado decirle que sí era de acá, que me siento de acá, como mucha gente que es de acá, y que me siento capacitado de responder cualquier pregunta que se refiera al problema catalán y que me afecta como ciudadano de Barcelona. Y luego preguntarle, si tan segura estaba, ¿qué es un catalán, o un español? ¿Un extranjero que vivió más años aquí que un nacido en Catalunya en el exilio que vivió menos años, es menos catalán? ¿Cuándo me puedo recibir yo mismo de catalán, de Español? ¿En diez años, en 20? ¿Nunca? ¿Sólo cuando consiga mi DNI? ¿O mi ADN? ¿O simplemente puedo convertirme en catalán por insistencia, pero claro está, de una “segunda categoría”? ¿Alguien me puede responder qué es la identidad y qué tiene que ver eso con el trazado fronterizo? Podría seguir una semana y más preguntándome, y así, alejándome del sentimiento nacionalista al cual no pertenesco por convicción.
No me gusta del nacionalismos es la idea de que lo que define a una sociedad la distancia de otra bajo el concepto de superioridad tanto implícita como explícita. Por lo general creo que la necedad de saberse mejor que el resto es lo que define al sentimiento del arraigo, al amor a la tierra, a sí mismos. Un sentido de superioridad con el que no me siento nada cómodo. Por eso es que no yo mismo puedo sentirme nacional en cuanto a mi propio país, me cuesta mucho. Sé que tengo una raíz, unas costumbres, una forma de ser que me definen y las que no puedo evadir. Sin embargo, creo que intentar ser uno mismo abriéndose a poder ser otro, todo el tiempo, es la forma de crecer como ser humano. Yo soy argentino, en un gran porcentaje, aun así intento todo el tiempo dejarme llevar por otros prototipos de seres, de culturas, absorber lo más que puedo otros “YO” que reconstruyan mi propio yo. Quizás sea demasiado fantasioso y en esta sociedad tenga la obligación de posicionarme como tal o cual, de construirme bajo una base sólida e inamovible que me defina y me concrete. Pues ese no soy yo. Claro, hablo de mí mismo, ya no de una sociedad. Pero una sociedad parte de uno mismo, de definirse a sí mismo para luego poder posesionarse dentro de un actor social.
Me guste o no, hay un nacionalismo, que creo que es una construcción pseudo-ficcional, pero es sólo una opinión. Los que sí quiero decir es que millones de personas se manifiesten en esta dirección da que pensar al menos, y lo más sorprendente de todo es que no se percibe casi ningún atisbo de violencia separatista como lo pintan los medios que no viven el día a día aquí (digo casi porque extremistas hay en todos lados). No creo que España sea Franco y Catalunya la carmelita descalza. Lo que es cierto es que cabe destacar es lo que lleva a que los ciertas ideologías pululen por tales terrenos de forma más cómodas. No es algo que tiene que pasar desapercibido. No puede ser que águilas negras sobrevuelen ciertas manifestaciones y el resto de esa misma mire hacia otro lado. Eso responde muchas preguntas de por qué pasa lo que pasa, pero sólo algunas. Porque las cosas pasan por muchísimos motivos. Recorrerlos todos es la única manera de hacer la historia, entenderla, sin que nadie te la cuente.

viernes, 11 de diciembre de 2015

El gato y la mosca: Breve historia de la humanidad

Mientras desayuno veo a mi gato tratando de cazar una mosca que acaba de entrar por la ventana. Pixie no parece entrar en ningún razonamiento que esquive el hecho único e inamovible de la obtención de la presa. Nada la distrae e incluso se deja hacer que cosas que suelen molestarle como tocarle la barriga. Su atención está bajo dominio externo. Ni siquiera sus juguetes preferidos funcionan. La mosca lo es todo en ese preciso instante. De repente, zaz! De un zarpazo violento y certero, saltando por el aire, se hace de su presa. La mosca cae estúpida del golpe de la garra contra el suelo, quedando a medio reaccionar, con sus alas rotas, malherida. Intenta revolotear pero no consigue más que dar círculos en el suelo, como el personaje de Curli de “Los tres chiflados”. Pixie la mira ya menos excitada: sabe que la tiene a su disposición. La mira come se retuerce y no hace nada por calmar su dolor. Peor aún, cada tanto le da con su pata algo que estaría entre un golpe y una caricia a la vez. Un “te mato pero no te mato”. Como si estuviera burlándose de ella, jugando a darle palmaditas, a que se muera de a poco, un rato más hasta comérsela. Pero claro, el comérsela también pasa a ser parte del juego, y se la mete en la boca, le da mordiscos dulces sin rematarla, y otra vez la escupe para seguir con las palmaditas. Ya está, está lo más estúpida que se le podría pedir a una mosca, ya dejó de entender el juego propuesto por Pixie, entonces se la come.

¿Cuánto habrá de humano en ese animal que parece disfrutar de la agonía ajena? ¿Instinto? Parece que cazar es parte de un juego además de la supervivencia. Pienso si hago bien en dejarla matar la mosca. Cada vez que entra una mosca en mi casa procuro cerrar las ventanas para que Pixie pueda gozar de su performance que la hace gata. ¿Haré bien? Pienso en que la mosca tiene el mismo derecho a la vida que el gato. Pero pienso en algún pretexto de la naturaleza del animal, que de por sí vive encerrada. Pienso en la “Gatitud” del animal al cual siento un afecto fraternal y eso lo justifica. Después de todo es lo que hace un gato, matar animales o insectos para comerlos. ¿Pero jugar mientras mata está bien? Bueno, no hay bien y mal en los animales, así que supongo que ni una cosa ni la otra. Pero, ¿por qué existe el bien y el mal entre las personas? ¿Hago bien o mal en encerrar a la mosca para que mi gato no haga ni bien ni mal en comérsela? Entonces me cuestiono hasta dónde llega la naturaleza del hombre a la hora de matar.

Unos meses atrás estuve en la ciudad de Sibiu en Rumania. Vi caminando por la calle a un gato que estaba intentando cazar una paloma. Éste se abalanzó encima de la paloma y pudo dar con ella clavándole los dientes. Inmediatamente una mujer que pasaba a su lado salió en defensa de la paloma dándole bofetadas al gato que huyó asustado. Esta escena me indignó de sobremanera. Pensé en el pobre gato que no tenía la culpa de tener que terminar viviendo en una ciudad que no fue diseñada para él al cual llegó vaya uno a saber cómo, sin desearlo, sin saberlo. Allí abandonado en el frío cemento, viviendo sin más. Y encima también tener que soportar la concepción irracional del derecho a la vida de una señora contaminada de civilismo la cual no repara en ningún momento en concebir una posibilidad diferente a la de una constitución urbana donde la “Gatitud” pueda encajar. Lo poco que quedaba palpable en aquel gato que lo constituía como tal, el hecho de cazar, de sobrevivir, fue cohibido por la civilización que dicta el común vivir ciudadano… o animal.


Lo que ocurrió a continuación no fue fruto de mi imaginación. El gato apareció aplastado por un auto media hora más tarde. Pude ver la continuidad de toda la escena ya que estaba en aquella plaza tomando una copa en una terraza de un bar. No pude evitar pensar en eso que llaman destino, como si el castigo para el gato por no poder ser un ser civilizado terminara por matarlo. También pensaba que bueno sería refregarle en la cara a esta mujer su culpabilidad por no dejarle ser gato, que terminó matándolo indirectamente. Pero no creo en el destino, aunque lo hubiera usado en su contra.
Derecho a la vida, un invento civilizador del hombre pensante. Derecho que se pierde justificadamente en el momento en que se necesita quitársela a uno para conservarse a sí mismo. Se supone que la idea de civilización es aquella que permite el “no quitar”, el que todos tengamos por igual o al menos eso es lo que creo cuando hablamos de civilización. Porque hay países mal llamados civilizados que poseen un ideal de derechos y libertades que no son más que el fruto de largos siglos de explotación y expropiación a países más débiles. Europa tiene muchos ejemplos de esto y no hace falta investigar mucho para saberlo. Eso mismos países “civilizados” son los mismos que llaman expropiadores a gobiernos de izquierda que quitan concesiones a empresas privadas que no han actuado bajo el mandato del servicio a la sociedad, cuando ellos mismos cargan su historia las expropiaciones más atroces de países enteros. Cuando se violan los derechos y libertades de un país es grave, pero cuando esto ocurre en un país aislado, lejano, se la llama “lucha por la libertad en el mundo” o cosas parecidas. El juego de las palabras y la comunicación falaz.

Creímos que las civilizaciones eran una forma de organizarnos para tratar de conseguir una armonía en el vivir de una población que comparten un territorio y que por ende una forma de vida que se compensa entre todos los componentes humanos. Civilizado es el ser que deja al otro, ser.
Somos seres con la voluntad de devastar, y el esfuerzo consiste en desarticular esa voluntad. Creo que es ese instinto animal desinteresado por el prójimo mientras sea él mismo que se beneficia o simplemente, se hace a sí mismo en el descrédito del otro. Encontrar el enemigo de nuestro bienestar. Buscar las mosca, crear la mosca. Jugar con ella en su agonía. No sentir remordimiento. Las moscas no son nosotros.

Europa se desgarra ante los atentados ocurridos por parte de terroristas que parecen haber salido de dentro de huevo ya malos. Son malos de por sí. Civilización contra barbarie. Nadie se toma ni dos minutos para pensar por qué pasan las cosas, es que se enfría el café. Encontrar un enemigo fácil y rápidamente, enmascarados en la pereza que da tratar de entender el mundo. Civilización es precisamente tratar de entenderlo. Pero no se puede, qué más da. El enemigo es claro, tiene su propia bandera. La ambigüedad del enemigo difuso nos desespera porque no sabríamos dónde apuntar la bala.
Nos solidarizamos bajo la pobreza de la empatía. Claro que tampoco lloro por lo que veo en las noticias y sin embargo podría desgarrarme de un dolor propio por el solo hecho de pensar que un ser cercano a mi ámbito vivencial pudiera sufrir alguno de las atrocidades que en el mundo ocurren. Pero si le pasa al otro me indigno, opino, saco conclusiones, y listo, Cést la vie… O cómo dijo el bigotudo de acero un muerto es una tragedia, un millón de muertos es una estadística…
Pareciera que la empatía está ligada a la cercanía tanto física como territorial y/o cultural, o ideológica. Esa empatía que se parece algo así como a un nacionalismo ya sea patrióticamente hablando como socio-culturalmente. Estamos nosotros y luego están ellos. Pero remarcar esto como una injusticia pareciera justificar que hay los que sufren más y los que sufren menos. Todo parece formar parte de un escalafón de “miserabilidad”, donde se compite por tratar de ver quién es mejor merecedor de la muerte y la injusticia.

Gente que nace mala, suicida, ególatra, criminal. Inmolados e inmoladores. Militares y civiles. La patria y el enemigo. La fe y la racionalidad. Encontrar el enemigo es el objeto de la subsistencia. Es lo que da poder, y el poder es lo que persigue el hombre, no el civilismo. Civilismo dentro de fronteras bien demarcadas por las bombas. Mientras estas exploten fuera de esas fronteras, la barbarie no se notará.

¿A quién carajos le importa la guerra? Lo cierto es que una muerte más inmediata y no planificada por quien la recibe, como en los casos europeos de terrorismo, parece ser un golpe más seco e inmediato que denota el horror de matarse los unos a los otros. Es como una buen marketing de la muerte. Como si quisiéramos vender muerte rápida y a bajo costo, convencer a la gente para que compre ese producto llamado muerte. Vende bien el atentado. La guerra parece más bien una política de estado que un producto a bajo costo, y sobre todo, no ocurre aquí. Para explicarlo mejor, la guerra sería como un plan de viviendas sociales y un atentado terrorista sería Marlboro.

Muerte al fin, y liviandad para hablar de ella y sentirse más víctimas que los que sufren del otro lado de esa frontera llamada conocimiento. Cuando termine ese patriotismo que nos solidariza sólo con el vecindario quizás podemos empezar a obrar mejor. Pero sólo conocemos al vecino que se encuentra cruzando la calle, por eso es que nos solidarizamos con él, nos empatizamos. Él es patria. Él es el bueno. Suficiente. Nada más allá del vecino tiene importancia.

jueves, 11 de junio de 2015

Maradona Vs. Messi

Escuché el otro día a Alejandro Dolina opinar sobre Messi y la diferencia con Maradona. Para empezar, creo que deberíamos especificar la diferencia tiempo-espacio que a ambos los separa, pero como es algo muy complejo y requiere de un pensamiento dificultoso e irresoluble, es más fácil decir quién o cuál es mejor o peor. Pero Dolina no es tan tonto como para hacerlo. Resolvió el dilema diciendo que ambos son extraordinarios, pero que Diego era más bello en su juego. A Diego se lo podía intuir como el mejor en una jugada y a Messi en cambio en la estadística de todas sus participaciones. Me parece algo demasiado lateralizado para ser una conclusión. Con lo que podría estar de acuerdo es con la idea de que Messi resuelve las jugadas más fácilmente, sin tanto malabarismo o quiebres imposibles de cinturas cual bailarín. "Directo al grano". Me parecía ver esto en primera instancia cuando empezó a jugar junto al maravilloso Ronaldinho. Pensaba: ¿cómo puede ser tan bueno un jugador que no hace ni la mitad de las cosas que puede hacer Ronaldinho? Es cuando introduje el concepto de “efectividad”. Hasta el mismo Ronaldinho dijo una vez que al verlo entrenar por primera vez pensó “este es mejor que yo”, cosa que cuesta asimilar como tal, al menos a lo que a mí respecta. Aquí mismo podríamos acercarnos a la idea de Dolina. Messi es efectividad estadística y Maradona resolutiva, por no decir estética. Pero la belleza en el fútbol no es mérito propio del triunfo. No se ganan partidos con belleza, sino con goles. Imaginémonos los líos que se armarían si en un partido de fútbol definitorio de un torneo que haya terminado tres a tres se tuviera que decidir al ganador por la belleza de sus goles o de su juego. Todos juntados en una gran mesa dispuesta en medio de la cancha, luego de que los jugadores hayan terminado de ducharse, para debatir en asamblea general, técnicos, árbitros, delegados del público concurrente y delegados telemáticos representando al público televisivo, filósofos, deportistas de élite. Todos reunidos para poder decidir al verdadero ganador, al merecido ganador. Y claro, aquí introducimos la polémica idea de la verasidad,de qué se aceca más a la verdadera de belleza. Pues bien, esto no sólo no es así sino que no tiene nada que ver con la idea competitiva del fútbol, donde lo que suma es la efectividad y no la puesta en escena como en otras disciplinas, por ejemplo la gimnasia artística. Aquí gana el que más la mete y al que menos se la meten. Cuando explicamos en fútbol algo por su belleza, es en realidad porque se acaban los adjetivos calificativos de la intencionalidad del deporte y nos entregamos al goce de la contemplación o el divertimento, cosa que es más que digna dentro del deporte. Para eso lo consumimos, o por eso es que lo consumimos, porque posee una estética que nos hace posible su percepción. Yo, practicante de Judo, entiendo este punto perfectamente, ya que aun sabiendo yo cómo son las reglas de este deporte, no siempre me resulta divertido ver Judo, ni hablemos de alguien que no sabe nada de Judo, un aburrimiento absoluto. En cambio el fútbol divierte incluso al que entiendo poco y nada. Esa búsqueda estética es lo que aproxima al deporte con la idea de función artística.  
Hay cierta intención mundana de relacionar al fútbol con el arte, con la belleza, para explicar, entre otras cosas, por qué es tan popular en el mundo entero. “El deporte más bello del mundo”. Habría que ver realmente qué es lo que lo hace bello, si su puesta en escena o su práctica. Volviendo al judo, para mí hay una enorme diferencia entre practicarlo y verlo, casi que no hay similitud. En el fútbol seguro pasa lo mismo. Pero habría que poder practicar medianamente cada deporte existente sobre la tierra para sacar una estadística sobre cuál deporte es más interesante que cuál y desde qué punto de vista, si el de practicante o el de espectador.
En cuanto a Messi y Maradona, para empezar habría que analizar qué cree Dolina que es bello y qué cree Fulanito al decir que Messi juega más bello. Pero si hablamos de la belleza en una actividad del hombre estamos hablando de arte, dejando de lado un poco el deporte. Ya no estamos hablando de puntos, goles, asistencias, trofeos, sino de otra cosa. Entonces tendríamos que ver qué buscamos cuando vemos fútbol. Y si buscamos belleza, pues quizás sería bueno empezar a generar torneos que los que no se juegue por nada, sino por amor al fútbol, donde los arcos no tengan red y en caso de que la pelota atravesara el arco como en un gol, se pudiera ir por detrás de la línea de meta a buscarla sin que se detenga el juego y seguir con el espectáculo. O que directamente no haya arcos. Partidos sin objetivo, sino el de la demostración futbolera, y que los jueces de la estética futbolera decidan con puntaje. O mejor aún, donde nadie decida nada por nadie, sin perdedores ni ganadores.
Hace rato que no miro otro fútbol que el europeo. El fútbol argentino ha quedado tan lejos de mí que no tengo idea de nada. Busco justamente eso que busca la gente en general, la belleza, y lo encuentro más en Europa que en otro lado. Miro fútbol estéticamente, sin importarme los resultados. Eso se lo dejo a los apasionados, a los fanáticos. Porque sólo siendo fanático se puede concebir la idea de querer conseguir objetivos. Aquí nos encontramos con la paradoja de la belleza inmaterial y el objeto triunfo. Consumimos fútbol por su belleza, y a su vez queremos que nuestro equipo del que somos simpatizantes gane como sea. Eso es lo que pasa, a mí me parece, en el fútbol argentino. Da todo más o menos lo mismo, mientras mi equipo gane. La pasión lo enceguece todo y termina siendo más importante el circo que se arma por fuera, la ficción que nada tiene que ver con el juego y la habilidad. Al fútbol le entramos por lo bello y terminamos siguiéndolo por el resultado, o por lo que es más inentendible para mí, por una especie de pasión que da lo mismo si tu equipo es un asco absoluto jugando, te gusta igual. Un “porque sí”.
Ahora bien, ¿dónde está la belleza entonces? Porque digo, jactándome de mi seguridad, que busco belleza en un partido y no un resultado. ¿Cuál es mi belleza? ¿Cuál es la belleza en el fútbol? ¿Maradona porque danza en sus fintas o Messi porque no las necesita? ¿La estadística o la efectividad? Es una decisión difícil e incluso injusta, porque si analizamos más a fondo al fútbol, encontraremos que es uno de los deportes más injustos que existen. Entonces, si el fútbol es injusto, inesperado, incierto, donde a veces el peor le gana al mejor, o el club con más poder es el que mejores jugadores tiene y tendrá, donde los árbitros cometen errores todo el tiempo, ¿dónde está la belleza en todo esto? Quizás sea bello porque el fútbol es lo más parecido a la vida misma, donde hay reglas pero en realidad no hay reglas, donde todo sigue un reglamento que se puede ir al carajo en cualquier momento. Creo que sí, es eso, el fútbol es tan bello como la imperfección. En la imperfección de las cosas se encuentra la belleza. Porque allí es donde reina el matiz.
Vaya lío en que nos metimos, ahora se metió la señora “Justicia” en todo esto. Porque si el objetivo es ganar partidos para ganar torneos, y así, ser el mejor y no el más bello, entonces tenemos que hablar de lo justo. Y entonces me pregunto qué hay de justo en los torneos cuando por empezar ningún torneo es igual al otro. Lo torneos de liga premian la continuidad y la acumulación de puntos, y es lo más parecido a la justicia (tranquilos, sólo dije “parecido”) porque da el tiempo suficiente y los partidos necesarios para ver realmente en qué nivel está el quipo, permitiendo poder equivocarse en el camino sin ser necesariamente un factor decisivo para definir el destino del equipo. En cambio, si nos remitimos a un mundial de fútbol, o a la liga de campeones, ya la cagamos, porque no se parece en nada más que en que son 11 contra 11 y el partido dura 90 minutos. Ya empezamos a hablar de estados de ánimos en el momento decisivo: no hay vuelta atrás en un partido se gane o se pierda. Que la preparación, que el tiempo que tuvieron los jugadores para juntarse a entrenar en el caso del mundial (nada de continuidad ni mierdas), qué la mala decisión en el último momento del árbitro que no se puede remediar de ninguna manera ya que no habrá más partidos “subsanadores”. Y encima de todo, a veces, simplemente, sin razón, gana el peor de casualidad. ¿Entonces de qué justicia estamos hablando? En un torneo se premia la continuidad y en otro el oportunismo. A veces coincide que el mejor es el que gana.
Volviendo al torneo de liga, tenemos otro problema: que la continuidad, que parece la opción más justa, se vuelve injusta en el momento que el club más poderoso posee el acceso a los mejores jugadores, y por ende, a los mejores premios. Acá ya es donde todo se desvirtúa e importa una mierda de qué equipo eres hincha, porque en verdad no eres de ningún equipo, porque no existe tan concepto. El equipo de fútbol es una construcción abstracta de poderes, oportunismo, negocios, y al final del camino, algo de fútbol y táctica. Pero sí en más digno ser hincha de los jugadores, como los maradonianos o los messiánicos. Allí es donde rige el criterio individual por sobre lo general o colectivo, que sería representado por la totalidad “Fútbol”. Volvemos a cerrar el bucle para volver a empezar: ¿Maradona o Messi? ¿Deporte o espectáculo?
En el Judo la versatilidad de la técnica puede ser el objetivo más claro de la actividad: es lo que te lleva a la sabiduría y a la obtención de graduación (color de cinturones). Pero todo esto se puede anular automáticamente cuando el judoca posee una única técnica poderosa e imbatible con las que gana cada una de las luchas. Se puede dar este caso, dónde nada importa lo variable de la técnica contra una única técnica superior al resto. ¿Es injusto esto cuando un judoca se ha volcado a aprender todas las técnicas posibles mientras el otro sólo se dedica a perfeccionar una única técnica para poder ser imbatible? ¿Qué es lo justo, ganar o saber? Imaginemos que Messi no solo ya es un rey de la estadística, sino que tiene el don de pegarle desde cualquier lugar de la cancha y hacer que la pelota se dirija al preciso y más lejano sector del arco donde el arquero no puede llegar nunca. “Piernas de misil teledirigido” dirían las portadas de los diarios. Sería sencillamente infalible. “Pero Maradona jugaba más bonito” seguiría diciendo Dolina seguramente. Si se busca belleza no se puede buscar competencia. Aún así, ambas cosas pueden convivir, claro está.Pero son cosas diferentes.
Se comparan muchas otras cosas, como el liderazgo en un equipo, quién es quién, con quienes juegan, cómo y cuándo, circunstancias, etc. Si de comparaciones se trata, ya estamos hablando de dos paradigmas diferentes, donde casi todo era diferente, desde el peso de la pelota hasta las circunstancias cotidianas que hacen al jugador. Son demasiados factores a analizar, tantos que nadie los analiza, sino costaría ponerse de un lado o del otro, y vivimos en un mundo competitivo donde la premisa es, lamentablemente, ponerse en un lugar. Las circunstancias definen a los jugadores, por lo que los jugadores, como las circunstancias, nunca son las mismas.

Fútbol: todos contra todos

Ha pasado un mundial más, un evento recreativo y pasional que desenmascara los verdaderos sentimientos e imbecilidades de algunos seres. Todo se ha transformado en una cuestión de guerra ficticia, y me pregunto, qué de cierto hay en todo ese sentimiento de odio entre los países. Para empezar, tuve que ver el partido final del mundial con Nadine, mi pareja, que es alemana, en un bar lleno de argentinos que de vez en cuando gritaban “Nazis de mierda”. Maravilloso! Hasta tuve la idea de cagarme a trompadas con ellos, por suerte no llegué a eso. Claro está: si eres alemán, eres Nazi. Entonces podríamos decir que nosotros, los argentinos, somos La Junta del Proceso de Reorganización Nacional (militares genocidas argentinos), o la Campaña del desierto (matanza indígena para expropiar tierras en la Patagonia), Galtieri… Total, da todo lo mismo. Simplemente se trata de infundir el odio que sientes hacia un grupo de persona y tratar de calificarlo con lo peor que se te pueda ocurrir, “todos dentro de la misma bolsa”. Y para colmo, acabo de leer los dichos del Señor Victor Hugo Morales, son estos, por favor léanlo y escúchenlo, para que se entienda de qué voy: http://www.infobae.com/2014/07/15/1580951-la-respuesta-victor-hugo-morales-los-festejos-alemanes-son-unos-nazis-asquerosos 
¿Leyeron bien? Si si, tal cual. ¡Listo, nos tapó el agua! A este tipo habría que dejar de seguirlo, de escucharlo, que la gente lo olvidara y que no pueda volver a hablar en un medio de comunicación. Pero claro, eso no sucederá porque lamentablemente hay mucha gente que opina como él. Y todo por un simple partido de fútbol, una simple gastada. ¿Alguien vio el video de la gastada de los jugadores alemanes a los argentinos? Por si no lo viste, es este: http://www.diarioregistrado.com/mundial-2014/97249-los-jugadores-de-alemania-y-una-burla-de-mal-gusto-en-los-festejos.html  Una tontería absoluta e inocente que no tiene asidero en esta discusión absurda y violenta de este impresentable periodista. Nos dicen gauchos, por llamarnos de alguna manera, porque no conocen a fondo nuestra cultura y nos identifican con un término generalizador, nada más, no veo ningún tipo de ofensa. Y suponiendo que fuera una ofensa, ¿entonces tenemos el derecho de ofenderlos a ellos diciéndoles que son todos nazis y que se creen una raza superior? Eso es un millón de veces peor que lo de gauchos. 
Estoy cansado de las generalidades, de la discriminación. Alemania ha pagado por su historia, y ya han hecho un mea culpa, han hecho lo hasta lo imposible para limpiar la historia con un presente que no se parece en nada con el pasado que tuvieron, con una historia hecha por gente que prácticamente ya están todos muertos. La nueva historia la hacen otras generaciones. Pero aún tienen que seguir lidiando con gente lamentable como este Víctor Hugo. A las atrocidades y la guerra, al nazismo se le antepusieron los pensamientos e ideales. Primero elaboraron un pensamiento, que creció, hasta llegar a los hechos. Si el pensamiento de Víctor Hugo pudiera crecer, en un caso hipotético, si pudiera dominar las mentes de los pueblos, ¿por qué no pensar que estos pueblos pudieran decidir invadir Alemania y matarlos a todos? El horror siempre parte de un ideal, y creer que por sólo pensarlo sentado desde el sillón de nuestra casa mientras miramos un partido no hiere a nadie es un error garrafal.
A título anecdótico: Unas selección alemana que está llena de hijos de inmigrantes integrados, con un arquero que lucha por la causa homosexual y que en Brasil confraternizó con la tribu Pataxo y donó dinero para causas solidarias. ¡Estos tipos son unos tremendos Nazis! ¿No?
Este señor es una vergüenza, así que pido un fuerte repudio hacia su persona. No se cómo hacerlo, quizás intentaré escribirle un carta, no lo se. Lo que si se es que no podemos ser así, no quiero que seamos así, que todo de igual, que etiquetemos a la gente por color o credo, por el país de donde viene. Ya se que soy un estúpido idealista que digo paparruchadas, que el mundo es esto y que no cambiará demasiado… pero si creo que algunas personas podrán pensar diferente y confraternizar con la única raza existente en la tierra: la humana. A por ellas pues…
Víctor, Victitor querido: deberías ir a Alemania, y ver la cantidad de caras  inmigrantes que van por la calle, sintiéndose alemanes y apostando su futuro en ese país. La cantidad de librepensadores que hay, la buena gente con la que te puedes cruzar. ¿Defectos? Claro que los tienen, pero también muchas cosas de las que aprender, y de las cuales yo he aprendido, y agradezco sentirme un poco parte de ellos. Quizás usted debería darse un paseo por allí, a ver si al final aprende algo, y se vuelve un poco más humano, como lo han logrado ellos después del horror de la guerra. Le deseo que cambie, si aún está a tiempo de hacerlo.
Otro tema: mucha gente se ha rasgado las vestiduras porque hay gente que ve fútbol mientras debería estar preocupados por las injusticias del mundo, por ejemplo, los bombardeos de Israel de estos últimos días. En primer lugar, hay injusticias como esta o peores cada día que transcurre en nuestros días de vida, pero muchas de éstas ocurren en países que “no están a la moda” ni de los medios ni de la ciudadanía, o que culturalmente hablando se encuentran lejos de nuestra concepción o entendimiento. A esta gente le digo que no sea hipócrita, porque nadie de nosotros puede y/o quiere estar dedicada su vida entera a luchar por esta gente, o mejor dicho, los que si dedican su vida entera a esta causa son la gran minoría de la humanidad, y no los que publican repudios fugaces en internet. Ellos mismos se indignan por Facebook u otro medio virtual y al otro día está subiendo videos virales sobre cualquier cosa que nada tiene que ver con guerras ni matanzas, como gatos lamiéndose las bolas cosas así. Las cosas no son ni tan blancas ni tan negras.
Todos buscamos en la vida reír, tomar un café con amigos, ver un partido por tele, tratar de ser lo más felices que se puede, sabiendo que hay un mundo en otros sitios más cercanos al infierno. Y por supuesto, dentro de lo que podemos, también intentamos algunos, cambiar algo de este mundo injusto. Pero la hipocresía no construye, sino todo lo contrario.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Diada vs Hispanidad


Cada 11 de setiembre ocurre algo llamativo en Barcelona. Están los catalanes con su Diada, el día conmemorativo (11 de septiembre) en el que Catalunya perdió su independencia ante los borbónicos luego de más de un año de cruel resistencia. Bueno, fue hace trescientos años. Es curioso, porque es la fecha “patria”, así como en los países de América festejamos los días de la revolución o de la independencia según el caso. Cataluña en cambio no tiene día de la independencia, sino de sumisión ante la corona de “Felipito” como fecha patria. ¿Raro verdad? Y sin embargo, tengo una gran duda de quienes son realmente más independientes. En todo caso, ¿qué es ser independiente? Las decisiones del pueblo son claramente delegadas a pseudos-representantes bajo un sistema de democracia que está bajo la sospecha, ya hace mucho tiempo, de sistema-fraude. Los políticos enarbolan convenios y alianzas para crear una imagen elaborada y compleja que hipnotice a los ciudadanos que luego los elegirán como representantes. Un círculo tan cerrado y vicioso que no deja mucha alternativa ante la posibilidad de una representación pluralista. Ni hablar de lo complejo que resulta el compromiso conciudadano con la política. Nulo en su interiorización pero ampliamente participativo en el reclamo. En verdad yo no se qué es exactamente la independencia. ¿Independientes de qué somos, por ejemplo, los argentinos? ¿De dejar de negociar con unos para hacerlo con otros? Y cuando digo, negociar, hablo de los que pudieron hacerlo, bajo la represión y asesinato de los que no. Los “pocos” contra “muchos”.
Siguiendo con el tema, lo más gracioso es el contraataque de los que quieren una España unida, que por estos días hacen campaña para juntarse el día 12 de octubre, día de la Hispanidad, en respuesta a la masiva e imponente manifestación del pasado 11 de septiembre (ver Diada 2014). Qué espanto me provoca eso. El sometimiento es considerado un rasgo de grandeza, de Nación. Para empezar, si vamos a remitirnos a las estúpidas fechas simbólicas, el 12 de octubre de 1492 Catalunya aún no se encontraba bajo su dominio. Dejando este pequeño detalles, para muchos el día en que España se subió al tren de la conquista de los pueblos “inmerecidos de su libertad”, es el día de la patria grande española. Y vaya que se lo toman en serio, por lo que me da a pensar que la humanidad no ha cambiado mucho, que simplemente se ha corrido el eje conquistador para otro lado, nada más. Cualquier país quisiera ser la patria conquistadora en posible, pero mientras espera que esa oportunidad se presente, se llena de discursos humanistas en contra de aquellos que dominan la escena. Bueno, ahora que lo pienso, pues quizás parte de los que son, de su identidad, es el hecho, precisamente, de los hechos dados. Quizás España es España gracias a la conquista. Así como Inglaterra lo es gracias a la piratería y su afán de industrializar su cultura a costas de sus magnánimos robos y colonizaciones. Hoy, alabamos su idiosincrasia, consumimos su constante y creativa música, su arte, sus “ejemplos ciudadanos”. Pero, ¿A costa de qué son lo que son? En todo caso, la pregunta sería: ¿necesariamente siempre hay que mirar hacia atrás para juzgar la historia vanguardista? Me da escalofríos mirar la historia como si nos perteneciera y nos hiciéramos cargo por herencia. Pero esa es parte de mi conclusión de este texto que dejo para el final. Lo que queda claro, es que el genocidio de 50 millones de seres humanos es la contrapropuesta de una España unida. Me gustaría poder encontrar otros argumentos más conciliadores y amorosos, que son los que yo entiendo como parte de la unión de los pueblos, que seguramente las hay, y que torpemente no he investigado. Será para mi próxima intervención.
Particularmente, no soy partidario de ningún movimiento nacionalista, sin importarme la bandera. Soy demasiado utópico creyendo en la integración definitiva de los pueblos y quizás sea un error pensar así bajo las pruebas remitidas por la historia misma, no lo se. Sentirse nacional es una manera de sentir orgullo por lo que se es como “lo establecido”, y yo estoy enemistado con “el ser absoluto”. Creo que las culturas no se dividen en naciones si de demarcan con fronteras. La cultura trasciende a la política, y la política ya hace mucho ha dejado de ser una causa nacional, es absurdo pensarlo. El mundo está integrado, para bien y para mal, como todo lo que ocurre en él a lo largo de la historia, una historia antagónica por propia naturaleza humana. También este pensamiento me retrotrae a las calamidades que se han cometido
Igualmente, hilando mas fino, todo esto es muy complejo, y me niego rotundamente ponerme 100 por 100 de un lado como si la vida política fuera un juego, una novela de Tolkien. Por lo general, la historia es lo complejo, y los hechos fácticos lo partidario. Hay una necesidad del hombre de elegir un lado de la opinión, porque siente que sino se queda fuera del tren de la historia. La soledad divagadora del ser que acompleja su razonamiento, que ve vetas irresolubles, que entiende el mundo desde su pluralidad integradora y no desde el sesgamiento, es el mismo ser con su existencialismo avasallado en la soledad de su aislamiento.
Lo que queda claro, más allá de mi opinión, es que es un tema que está en las calles, masivamente, y que por tal, debe discutirse con criterio e inteligencia, y que es inconcebible que el gobierno central español haga el distraído ante esto. No tiene ningún sentido lógico, pero claro, si lo tiene en un sentido dominante.
Por otro lado, creo que el problema no es la autonomía de decisión, sino lo que se decide. De ver en todo caso, quienes manejan eso que creemos autonomía, si nos representa realmente. La independencia nacional es una ilusión que adormece ante el verdadero fondo de los problemas.
Mi propuesta es hacer historia. Claro, la única manera de hacer historia es siempre para adelante. La otra historia, la de atrás, está muerta. Aprender de ella es una forma de remediar lo trágico de la misma, pero jamás para tomar como estandarte de los cambios futuros. El fanatismo de la pertenencia es una religión, una base de la irracionalidad. Claro está que existe el amor a la tierra y al pueblo. Porque es cierto que no puedo explicar por qué me enamoro. Pero las creencias no deberían ser algo que se hereda por tradición. Creo el pensamiento crítico se desnuda de pertenencia, porque con su desnudez es que puede ser libre. En cuanto se arropa, ya se identifica, y deja de ser crítico.
Señalar la historia pasada para hacerla presente no es la respuesta hacia el futuro. La historia dejó una huella que debemos intentar seguir y redireccionar. La historia no son baches que han de ser tapados. Elevar esos estandartes de generaciones que ya ni existen como si fuera parte de decisiones propia de los que hoy estamos vivos, y así, no ser capaces de convertirnos protagonistas de nuestra propia historia. Y una buena forma de decirle a aquellos que están muertos “ustedes no me guiarán hacia al verdad, porque la verdad no existe. Yo seré mi propia verdad.”

martes, 22 de julio de 2014

Cinta



Estoy repitiendo mi entrada en calor de cada día, encima de una cinta de caucho, supongo, que se desliza gracias a dos rodillos parecidos a los de las prensas de grabado que solía manipular en la escuela de arte. Mientras corro, escucho música, para ponerle algo de interés cultural a algo tan monótono y aburrido como correr, y sobre todo, fijo en un mismo punto sin tener siquiera un panorama del cual nutrir la distracción. Pero aún así, no logro del todo abatir el aburrimiento y por momentos tengo ganas de que algo ocurra, de que esa máquina que me lleva al mismo punto inamovible en el espacio de repente empieza a volar y me de un paseo por encima del mar, o que las señoritas que se ven jugando al tenis en la pantalla de TV que está enfrente de mi salgan de allí mágicamente para entablar una conversación conmigo sobre qué tan ridículos somos todos allí entrenando como hamsters de laboratorio mientras ellas desplazan sus bellos y fornidos cuerpos en una actividad llena de adrenalina, fuera y dentro de la cancha. Pues no, nada de eso ocurre, y allí me encuentro corriendo hacia la muerte.  La música no me es suficiente. A veces intento con grabar conversaciones de personajes o entrevistas interesantes, pero se me hace dificultoso seguirlas.  Son reemplazadas por nuevos pensamientos. Pero esos pensamientos quedan allí flotando en mi mente y terminara confundiéndose con la actividad que estoy desarrollando, y se mezclan con otros pensamientos, difusos, que no llegan a ningún destino. Es como contar ovejas para poder dormir. Entonces me imagino qué ocurriría si simplemente me detuviera en esa cinta, me parara y dejara que ella me lleve, en vez de huir todo el tiempo. ¿Qué hay por debajo de la cinta? ¿Qué mundo más interesante que éste, el de alimentar la sordidez de mis músculos quietos a causa del devenir de la ciudad entorpecida de tareas que poco tienen que ver con nuestros cuerpos? Quizás encuentre ese mundo en que Alicia cayó, con seres animalescos que entablen conversaciones tan interesantes que me  olvide por completo de que tengo un cuerpo entumecido de no mover, y que mi mente vuele drogada de anécdotas de colores llenas de alucinaciones. Pues es que entonces decidí frenar, harto del aburrimiento de verme sano. Apreté el botón de la velocidad para aumentarla tanto como nunca antes había corrido. Mis piernas parecían que no lo iban a aguantar más, hasta que di un salto con ambas y pisé fuerte como para clavarme a la cinta. Así fue que el mundo se desplazó hacia delante, y yo me desvanecí consciente, hacia mi nuca, y todo se apagó por un instante. Pero a ese frágil instante devino la luz, los colores, el mundo real, el que nunca había conocido. Me metí en la absurda máquina y me transporté a la vida real, la que es más real que esta que me toca vivir. Conocí a los conejos que hablan, a los grandes filósofos que nunca mueren y las señoritas de pelos verdes, finos e interminables labios de luz naranjas.  Mi mente se llenó de gozo, ya no tenía músculos a los que incentivar. En ese mundo no son necesarios, porque para ir de un sitio al otro flotas. El único lugar temible es ese misterioso agujero negro del que todos hablan, del que provengo. Si te acercas mucho, puedes ser devorado por él, y eso equivale a una vida destinada a morir. Nadie quiere eso aquí, nadie puede aceptarlo.
En algún momento las ovejas de mi sub-real mundo se acabarán, o cansarán de saltar, quién sabe. Lo cierto es que siempre puedo reemplazar las ovejas por patos, o ranas, que saben saltar mejor y más alto. Mientras tanto, sigo corriendo en esta cinta aburrida, a la espera de que todo esto sea cierto.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Atravesado


Por miles de insignificantes sentidos. Ideas, construcciones, dolores. Me fundo en los caracteres de esas hojas llenas de moho. para poder ser capaz de discernir este conglomerado de vidas que me aplastan. La vista me rodea. Me veo sorprendido, y me parto.

domingo, 7 de octubre de 2007

Dos lugares


El can ladra desaforado testigo de los hechos. El parque es silenciado por lo motores que pasan por la avenida. Todos parecen estar contentos. La vieja corre atrás del niño, lo idolatra con su sonrisa llena de él. La pelota con la que juega gira acompañada por el tiempo y el sonido de los pájaros que relatan la pintoresca imagen renacentista. El pincel persigue el brillo de los bronceados cuerpos. Los colores empapan la acción, satura y perece el claroscuro. El metal gira insertándose en su cabecita, taladrándola. El ruido de las balas detiene el tiempo. La corrida de la madre se hace interminable. Finalmente lo alcanza, recoge el cuerpo desvanecido y sus restos encefálicos. La mujer lo abraza fuertemente intentando reconstruirlo, de pagar los pedazos. La tela es raspada de rojizos pincelazos, acaramelados colores pestilentes. Corre desesperado tras el carrito del señor, gritándole a su abuela que le compre. Finalmente su rostro termina pegoteado en nubes de azúcar. Julieta lo mira sonriente mientras enciende un cigarrillo con Marcos. Se miran a los ojos, los cuatro ojos se miran unos a otros y sus reflejos en ellos miran también. Se miran los labios y vuelven los ojos. Los labios callan, las miradas dialogan. Los labios de Julieta saborean la última pitada. Con aroma a tabaco, se acerca a la comisura de Marcos y con un suave lamido quita el resto del helado de frambuesa mientras la pelota de goma les roza sus cabellos luego de que Juancito metiera el penal en el imaginario ángulo superior derecho del arquero, quién se había tirado al árbol izquierdo. Pasó el misil por encima de su cabeza como pidiéndole permiso y destruyó media manzana a sólo cien metros de ella. Pero igual ya no le importaba. Había perdido todo. Sólo le quedaba el recuerdo de sus hijos impregnados en su vestido. Lo único que justificaba su vida era el no dejarla en manos de la tiranía. Corría contra los zumbidos del aire mientras besaba entre sollozos la carne. En la entrada a la ciudad el soldado lamía la cara de la joven atada mientras otro le apoyaba en su bajo vientre la ametralladora con tanta fuerza que no podía atinar a moverse. Ya no quedaba buen destino para ella. Pensaba cómo hacer para tratar de no darse cuenta de lo que le ocurriría. Nada más. Y apretó fuerte la sortija para que no se escapara, y la calabaza quedó zigzagueando solitaria. Reían los niños, reían todos alrededor. Corría la madre en círculo llevando el cochecito de su hermano. El caballo subía y bajaba esperando la segunda vuelta ganada. Porque era tan feliz brillaba el sol y los colores, y sus dientes en los de todos allí. Arrancaban una y otra vez convertidos en coches, mariposas, aviones. Testimonio materno testigo de la dicha giratoria. Y giraba su cabeza y no paraba, y vomitaba con sudor y polvo. Se arrastraban dejando huella, cavando sus propias fosas comunes. Polvo, arena y gritos. Horrores causados por simples descendientes del poder que arremete sobre todo lo que entorpezca sus movimientos de fichas. Casilleros de la osadía satírica del metal divino.
Dos lugares hay en un mismo mundo, en un mismo lugar. No se a cuál pertenezco. Quizá a un tercero. O al mismo. Qué fácil es ser uno y no otro. Qué fácil nos acostumbramos a todo, a ser distintos siendo los mismos.
Estoy confundido.